La manifestación a favor de los cristianos perseguidos en Oriente Medio –de la que hablaba hace unos días- se celebró ayer en Roma. Contrariamente a lo que temía cuando fue convocada, asistieron varios miles de personas, aunque no se puede decir que fuera multitudinaria. Lo importante es que se celebró, tuvo eco y además fue promovida por un musulmán. La idea era combatir la indiferencia. Por fortuna, no habló ningún político (hubo varios, más del centro derecha que del centro izquierda: ¿por qué?). Asistieron personas de varias religiones: musulmanes, judíos y cristianos. Todos unidos en la defensa de la libertad religiosa.
Pero para defender la libertad religiosa no hace falta mirar solo al islam fundamentalista. Me refería un poco más abajo a los “transgresores de salón”, aquellos que pretenden “epatar” con sus obras de arte (generalmente mediocres) financiadas con ayudas públicas. No puse nombres porque no hacía falta. Leo hoy unas declaraciones de Uto Ughi, considerado uno de los mayores violinistas de nuestro tiempo, a propósito del último caso italiano, un espectáculo presentado en la Bienal de Venecia, basado en una lectura sado-masoquista de la vida de Cristo.
Ughi, que sí es un artista, describe en una carta al Corriere della Sera (4 de julio; no disponible on line) su amargura por tal espectáculo “como cristiano, como artista y como veneciano de adopción”. Lamenta que el director de la Bienal no supiera “respetar públicamente la sensibilidad no sólo de los creyentes, sino de cualquier persona que conozca el valor de la cultura”. Y le sorprende que el alcalde de la ciudad, el filósofo Massimo Cacciari, usara la “hospitalidad de Venecia” como argumento para acoger la obra. “Me quedo de piedra, afirma Ughi. ¿Por qué tratar solo como huéspedes a los bailarines [del espectáculo] y no a los otros huéspedes que, cristianos o no creyentes, piden que no se ofenda la decencia?. ¿Y qué hay del respeto de la memoria de los cristianos asesinados por defender el derecho de amar a Jesús, que en este espectáculo se reduce a las más bajas pulsiones humana?”
Se agita con demasiada frecuencia la bandera de la “laicidad”, concluye Ughi, “pero qué lejos estamos de la sensibilidad del ‘laicísimo’ Voltaire, que nunca se habría permitido hacer algo que ofendiera tan profundamente el derecho al pudor, sobre el que se basan tan frecuentemente el arte y el amor”.
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