
Los hechos son ya conocidos: el profesor de filosofía francés Robert Redeker ha escrito un artículo duro sobre el Islam en Le Figaro del 19 de septiembre (“Qué debe hacer el mundo libre ante las intimidaciones del Islam”). A raíz de ese texto ha recibido amenazas de muerte, hasta el punto de que la brigada antiterrorista ha decidido vigilar sobre él y su familia. El profesor ha perdido su trabajo en un Liceo, debe cambiar cada dos días de residencia (secreta) y pagar todos los gastos de su bolsillo. En Egipto y Túnez, las autoridades han impedido la difusión del periódico que contenía el artículo.
No he leído el texto original del artículo porque el diario no lo ofrece en libre acceso. Por las referencias que he visto, Redeker hace un juicio severo del Islam. “Odio y violencia –afirma pueblan el libro con el que todo musulmán es educado, el Corán. Y hoy, como en tiempos de la guerra fría, violencia e intimidación son los medios utilizados por una ideología con vocación hegemónica para imponer sobre el mundo su lastra de plomo”. Dejo de lado el comentario sobre este punto (las reacciones de quienes le amenazan a muerte parecen la mejor confirmación de las tesis), para centrarme en otro aspecto: el artículo es una invitación a contener lo que denomina “la islamización de los espíritus” que se extiende cada vez más y que consiste en una sumisión más o menos consciente a los “diktat” del Islam en la vida cotidiana.
El autor cita unas cuantas manifestaciones de lo que considera esa islamización: los horarios reservados solo a mujeres en las piscinas municipales, las prohibiciones alimenticias en los comedores de las escuelas, el velo tolerado por las calles pero prohibido en las aulas, la prohibición de tomar el sol en tanga en las orillas de Sena, transformado en playa urbana, la prohibición de publicar viñetas satíricas sobre Mahoma...
Me parece interesante la observación sobre el proceso de islamización que, por miedo, se está produciendo imperceptiblemente en los países occidentales. Lo que considero un error es reducir las manifestaciones públicas de pudor a una cuestión exclusiva del Islam. No sé de quién partiría la idea no permitir a las mujeres tomar el sol en tanga en las orillas del Sena, en mitad de la ciudad. Pero no creo que ese sea el gran argumento contra el Islam radical... En todas las culturas existe el llamado “buen gusto” (un concepto muy clásico y occidental, que no tiene nada que ver con el puritanismo victoriano). Otra cosa distinta es que intenten imponerme el pudor a golpe de latigazos en la plaza pública.
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[Actualización, 2 de octubre) Pongo aquí el link con el artículo original (gracias, Jonathan). Después de leerlo, el razonamiento de arriba no cambia sustancialmente, pero hay matices. La prohibición de lucir el tanga se justificó con “problemas de orden público”. Añade, además, que la gente que se opuso a la dedicación de una plaza en París a la memoria de Juan Pablo II no rechistó cuando de lo que se trataba era de construir mezquitas. Sostiene que, a diferencia del Islam, los errores históricos de la Iglesia no tienen sus raices en el evangelio.
Volviendo al tema del pudor, sobre el que no hay en el artículo otras referencias, pienso que es interesante distinguir el origen: el pudor cristiano (del que Occidente ha mamado, aunque hoy parece olvidado) tiene su sentido en la dignidad del cuerpo humano. Tal vez me equivoque, pero mi impresión es que en la interpretación de cierta mentalidad islámica, ese “pudor exagerado” se debe más bien al sentido de propiedad del hombre sobre el cuerpo de la mujer.