*Bioética

Se necesitan Quijotes (gracias, Ferrara)

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Algunos tienen la vocación de Quijotes impenitentes, y el resto se lo tendríamos que agradecer. Es la imagen que me viene cuando veo la campaña electoral que está desarrollando Giuliano Ferrara, el promotor de la moratoria sobre el aborto (del que ya hablamos aquí), que ha lanzado una lista en las elecciones generales italianas que se celebran los días 13 y 14 de abril.

No se sabe si conseguirán algún diputado, pero ahí está esa “lista loca” (como ellos mismos la llaman) y su inventor recibiendo insultos, tomates y huevos. Sí, porque la iniciativa ha sido noticia más por las contestaciones organizadas contra ella que por lo significativo de la propuesta. Sin embargo, el mismo >The New York Times la señala con simpatía como la única novedad relevante de las elecciones italianas. Otro tanto hace The Independent e incluso Liberation.

Una de las lecciones que se pueden sacar de esta experiencia es que cuando no se quieren escuchar las ideas de los demás, por miedo a que hagan temblar los propios convencimientos, se acaban tergiversando: haciendo decir al otro lo que nunca ha dicho ("pero que era lo que -en mi opinión- quería decir"...). A Ferrara le han tachado de “haber acusado de homicidio a decenas de millares de mujeres” (como escribió Il manifesto). En realidad, nunca ha dicho tal cosa. Es más, una de las novedades es precisamente el tono amable del mensaje que propone (como se puede ver en este sencillo y barato spot electoral).

Los sofismas de Peter Singer

Singer Será porque la semana pasada me he calado en una full immersion de bioética (de ahí la prolongada ausencia). El caso es que me ha llamado la atención una larga entrevista con Peter Singer que repesco de Il Foglio (11 de marzo). Como se sabe, Singer -filósofo australiano que trabaja en Princeton- es el padre del movimiento de liberación animal y gurú del aborto eugenésico y del infanticidio (para él, en efecto, es igual matar a un niño antes o después de que nazca. Si hay que matarlo, se le mata, sin eufemismos. Terrible, pero por lo menos es coherente).

Dice en la
entrevista: “los fetos humanos, los niños recién nacidos y los seres humanos intelectualmente minusválidos no poseen racionalidad, autonomía, autoconciencia y capacidad de entender. Por el contrario, los chimpancés y los grandes primates tienen estas capacidades, al menos en cierto grado. Sobre estas bases podemos decir que algunos seres humanos no son personas, mientras algunos animales no humanos sí lo son”. Y de esas premisas pasa a la acción.

Desde luego, no me gustaría quedarme dormido –es decir, sin “racionalidad, autonomía, autoconciencia y capacidad de entender”- junto a Singer. Capaz es de liquidarme. Pero a lo que voy ahora es a cómo cambia las cartas en la mesa: pretende que todas las especies son iguales y compara a seres en distintas fases biológicas (feto humano con chimpancé adulto) o a individuos sanos con enfermos. En el fondo, para lo que sirven los sofismas de Singer es para justificar la acción del hombre. Tal vez por eso ha sido nombrado consultor de varios gobiernos.

"Juno", moral sin moralismo

JunoAcaba de ganar el Oscar al mejor guión original, y la verdad es que “Juno” es una película original. Es una historia moderna que edifica pero sin moralismos: una adolescente se descubre embarazada, rechaza el aborto y da el niño en adopción. La película cuenta que se puede aceptar la vida, al mismo tiempo que rechazar la maternidad. En efecto, Juno (la chica), quiere lo mejor para su hijo, pero no se considera preparada para ser madre y prefiere incluso no verlo.

Desde luego, no es una pelicula dulzona. El tema es crudo y los diálogos son bastante desenfadados. Uno de los aspectos más interesantes es el retrato que hace de la pareja que adoptará al niño: unos adolescentes treinteañeros mucho menos maduros que la adolescente Juno. Sobre todo él, que acabará quitándose de en medio, con lo que se ofrece un buen retrato de la masculina indiferencia y falta de responsabilidad.

Al final, Juno vuelve a ser lo que es: una adolescente que toca la guitarra con su boyfriend, a quien ella misma ha ayudado a madurar un poco en ese tiempo. Ese clima de tranquila serenidad final hubiera sido impensable si la chica hubiera optado por afrontar el problema de otro modo. De hecho, su primera reacción fue considerar el aborto. Pero su instinto femenino le llevó a optar por la vida. El resto lo hizo el escuálido ambiente del consultorio.

A patadas


Stepneykids La historia ya
ha aparecido en muchos periódicos, pero vale la pena resumirla: Michelle Stepney pensó que había tenido un aborto espontáneo. Sin embargo, el diagnóstico de los médicos del Royal Marsden Hospital, de Londres, fue diferente: estaba embarazada de gemelos... pero tenía también un cáncer cervical. La enfermedad se descubrió en su estado inicial gracias a la presencia de los gemelos, de lo contrario se hubiera detectado ya demasiado tarde.

Michelle, madre de
un niño de cinco años, decidió aceptar sólo un tratamiento ligero de quimioterapia que no pusiera en peligro la vida de la pareja de niñas que esperaba. Lo que no podía imaginar es que cuando las sentía patear en su interior, las activas gemelas estaban haciendo algo más que acreditar su presencia. Según los médicos, Alice y Harriet estaban literalmente arrinconando el cáncer a patadas.

Cuando las dos
vieron la luz del día estaban rebosantes de salud, a pesar de la falta de cabellos por los efectos secundarios de la quimioterapia. A las pocas semanas, la madre se sometió a una intervención quirúrgica. Hoy, un año después, las tres están en perfecto estado. El "Cancer Research" británico ha concedido a Michelle el "Women Courage Award", que premia a quien hace algo meritorio. Mientras tanto, ella sostiene: “Un día contaré a mis hijas cómo salvaron la vida de su madre”.

Tergiversación preventiva

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El cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la diócesis de Roma, y durante casi veinte años presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, participó ayer por primera vez en un talk show en una emisora televisiva italiana, “La 7”, antigua "Telemontecarlo". Los temas fueron numerosos, pero se dedicó mucho espacio a la moratoria sobre el aborto propuesta por el diario Il Foglio, cuyo director, Giuliano Ferrara, es precisamente uno de los conductores del programa.

El cardenal Ruini afirmó que el aborto es “intrínsecamente malo: la muerte de un ser humano inocente”, y que el lenguaje con el que se habla de él debe ser “verdadero”, pero “lo más sereno posible”. En este sentido, añadió que no usa nunca “la palabra homicidio”, y nunca ha adoptado una actitud hostil en relación con quien aborta. Al mismo tempo, dijo, es preciso evitar expresiones que ocultan la realidad, del tipo “interrupción voluntaria del embarazo”. Es decir, el cardenal se mostró partidario de llamar a las cosas por su nombre, pero comprendiendo siempre a las personas, que a veces atraviesan situaciones dramáticas.

Curiosamente, las palabras del cardenal fueron calificadas de agresivas por Katia Zanotti, una parlamentaria de "Sinistra Democratica". Ruini, según Zanotti, “expresa juicios violentos e intimidatorio contra las mujeres que recurren al aborto”, según refiere también el diario Corriere della Sera. He vuelto a ver el programa por si se me pasó algo, y nada. No veo dónde está la agresividad de la que habla Zanotti, al contrario. Conclusión: son preocupantes -y muy abundantes- las personas que tergiversan el discurso del adversario. Las razones serán muy variadas, pero en todo caso es un recurso que esconde falta de argumentos.

Interrupción de la inteligencia

MaschereAl ver el titular no lo he entendido en una primera pasada, a pesar de estar escrito en español o castellano: “La Conferencia Episcopal carga de nuevo contra las interrupciones”, escribe hoy El Periódico de Barcelona. Al principio, pensaba que había algún problema de suministro eléctrico. Luego, leyendo el texto de la noticia, he visto que se refería al aborto. Desde hace varios decenios impera el eufemismo “interrupción voluntaria del embarazo”, pero reconozco que es la primera vez que  leo “interrupción” a secas.

¿Y qué habrán hecho los obispos españoles para “cargar” “ahora” contra las “interrupciones”?  Nos lo explica el texto: “los obispos aprovecharon un mensaje previo a la Semana de la Oración por la Unidad de los Cristianos -que tendrá lugar en todo el mundo del 18 al 25 de enero y pretende recomponer los puentes entre católicos y ortodoxos- para reincidir en sus conocidos puntos de vista sobre las interrupciones voluntarias del embarazo”. Como se ve, es un “carga” verdaderamente pesada... Los obispos piden -nada menos- que oraciones y acción a favor de la vida.

El tonillo de condescendencia con estos obispos reincidentes y obsesionados por la vida es palpable en la breve noticia. Pero lo que resulta verdaderamente escuálido es la interrupción de la inteligencia que demuestra el diario al informar (se trata, en efecto, de una noticia) de ese modo tan pueril sobre un tema que no es precisamente una banalidad. 

Una lanza contra la hipocresía

FerraraEl mismo día que la ONU aprobó una resolución de moratoria de la pena de muerte en el mundo, el periodista Giuliano Ferrara, director del diario italiano Il Foglio, lanzó la propuesta de otra moratoria: “Existe también otra pena de muerte legal que afecta a centenares de millones de seres humanos. Las buenas conciencias que se alegran por el voto de la ONU, piensen ahora en las matanzas eugenésicas, racistas y sexistas de los inocentes”. Después del voto de la Onu, “no podemos seguir disimulando sobre los millares de seres humanos matados antes de nacer”.

Ferrara lanzó la propuesta el 19 de diciembre. El diario está recibiendo muchos mensajes de adhesión. Desde luego, nadie espera que la iniciativa vaya a producir resultados milagrosos. Sin embargo, uno ya lo ha logrado: romper una lanza contra la hipocresía de una sociedad que aplaude la abolición de la pena de muerte, aunque sea contra criminales sometidos a un proceso justo, pero al mismo tiempo la mantiene contra otros pequeños ciudadanos, que tienen la mala suerte de carecer de un certificado en el registro civil.

Y de esos se eliminan cada año 45 millones en todo el mundo. Y esas eliminaciones se realizan al amparo de las leyes de los países, y algunas a la sombra de instituciones de la misma ONU (como el Fondo Internacional para la Población). Es bueno que alguien llame a las cosas por su nombre, ayude a romper el silencio y a considerar que es inútil abogar por la paz en una sociedad que consiente la muerte del inocente con tan dramática superficialidad. (Escribí algo más largo sobre esto aquí).

[Actualización] El propio Benedicto XVI, en su discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, se refirió a este tema, sin mencionar expremente esta iniciativa:

“Recordando el llamamiento hecho por el Papa Juan Pablo II con ocasión del gran Jubileo del Año 2000, me alegra que, el 18 de diciembre pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptara una resolución por la que se llama a los Estados a instituir una moratoria en la aplicación de la pena de muerte, y deseo que esta iniciativa estimule el debate público sobre el carácter sagrado de la vida humana”.

En aquel embrión he visto a mis hijas

YamanakaCuando he visto el embrión, me he dado cuenta de repente de que hay una diferencia muy pequeña entre él y mis hijas”.  El científico japonés Shinya Yamanaka, sintetiza así para The New York Times el momento en que decidió no usar embriones en la investigación sobre células madre. Se encontraba en el laboratorio de un amigo y vio por el microscopio un embrión humano. Al mirar, no pudo evitar que le vinieran a la mente sus dos hijas. “”He pensado. No podemos continuar destruyendo embriones para nuestras investigaciones. Debe haber otro modo”.

El camino alternativo que emprendió, que aparecía como perdedor a juzgar por la presión de algunos medios de comunicación, ha resultado –sin embargo- acertado.  Este investigador de la Universidad de Kyoto consiguió “rejuvenecer” células adultas de la piel y convertirlas en células madre embrionarias, pero sin utilizar ni destruir embriones humanos. Mientras tanto, como recuerda Nicoletta Tiliacos en Il Foglio (link directo no disponible: ir al día 13 de diciembre), de la propaganda “milagrosista”, de la clonación terapéutica (nunca conseguida), del estrago de embriones humanos no ha salido, al día de hoy, ni una sola célula madre al servicio de los enfermos...

Los logros de Yamanaka, y los de James A.Thomson (que llegó a los mismos resultados trabajando en paralelo en la Universidad de Wisconsin),  demuestran que la aceptación de un limite en nombre de la dignidad humana no es un obstáculo para el progreso de la ciencia.  El problema, comenta Eugenia Roccella en Avvenire (13 diciembre) es que hay gente -particularmente en algunos gobiernos europeos- que prefiere no enterarse.

Ciencia y mercado, según Testart

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Una ciencia reducida a técnica, y una técnica al servicio del mercado. Es el crudo diagnóstico que el biólogo Jacques Testart, pionero de la fecundación artificial en Francia, hace de la situación actual en el campo biomédico. Y añade que -en esa dinámica comercial- se recurre con frecuencia a “la ideología de la promesa”: dar la impresión de que ya hay resultados; prometer milagros a la vuelta de la esquina...

Desde hace años, Testart es muy crítico respecto a las manipulaciones contra la vida. Y lo es especialmente contra las tentaciones eugenésicas, la búsqueda del hijo perfecto. En una entrevista en Avvenire [no link directo: buscar 20 de noviembre] afirma que desde hace 25 años está denunciando el peligro que supone la selección de embriones, pero que se siente bastante aislado.

El biólogo francés lamenta que la ciencia haya dejado de interesarse por el conocimiento y se haya doblegado al mercado. Afirma que “hoy prevalecen los especialistas, que no tienen una visión suficiente de la relación entre su campo y el resto del mundo”.  Sostiene, además, que es preciso arrinconar el cientifismo, “aquellos que piensan que sólo la ciencia, o sobre todo la ciencia, nos puede permitir salvar el mundo. Nos lo hemos creído desde la Ilustración, pero hoy no podemos seguir creyendo en semejante estupidez”.

Clonación periodistica

Dolly

Esta vez la crítica no llega ni de un cura ni de un obispo. Ian Wilmut, el “papá” de la oveja Dolly,  ha dicho que la clonación terapéutica es una pérdida de tiempo. Es decir, la técnica que él mismo ha promovido, no sirve, pues hay vías “cien veces más prometedoras”.  Que la clonación terapeutica fuera un fracaso se sabía desde hace tiempo, pero no era políticamente correcto decirlo. “Había” que ser favorables, so pena de ser considerado enemigo de la Ciencia y del Progreso.

La llamada clonación terapéutica consiste en sustiuir el núcleo de un ovocito con el de una célula adulta. El ovocito, por medio de estimulación, comienza a desarrollarse como un embrión, con el mismo ADN del individuo del que procede la célula adulta. En los primeros días de desarrollo, se le extraen las células madre embrionarias, de las cuales será posible recabar líneas celulares que se podrán convertir luego en células de todo tipo de tejidos y ser trasplantadas en el individuo sin problemas de  rechazo. Naturalmente, este procedimiento mata al embrión.

Esa es la teoría. En realidad, la clonación terapéutica nunca ha funcionado, salvo en las primeras páginas de algunos periódicos. Diez años despues de Dolly, el resultado positivo de la clonación terapéutica en animales es inferior al dos por ciento. Sigue siendo un fracaso total en los monos. Y en el hombre, no digamos. Afirma Assuntina Moresi en Il Foglio (no link directo; ir al ejemplar del 20 noviembre) que “no existe en el mundo una sola célula madre que proceda de embriones clonados”. Las únicas fueron las que se inventó el coreano Hwang Woo Suk, en el mayor fraude cientifico que se recuerde.

En la decisión del profesor Ian Wilmut ha influido la investigación de un grupo japonés dirigido por el prof. Yamanaka, de la Universidad de Tokio. Esos investigadores han conseguido células madre embrionarias gracias a un proceso de "rejuvenecimiento" de células adultas. Aparte del resultado positivo, este sistema tiene a su favor también que no plantea problemas éticos.

Arrepentimientos preventivos

UltrasonidosHay aniversarios que nadie quiere celebrar. El sábado 27 de octubre se cumplen cuarenta años de la introducción de la ley del aborto en el Reino Unido. El “padre” de la ley, Lord David Steel, mira hacia atrás sin orgullo y declara a The Guardian que no era eso lo que se buscaba, que los abortos son demasiados.

Naturalmente, añade, eso no indica que haya que modificar la ley. Pero al mismo tiempo admite que tienen razón los que afirman  que abortar se ha convertido en algo demasiado fácil. De todas formas, subraya que él no está arrepentido, lo que quiere es más sentido de responsabilidad... Se entiende ese querer nadar y guardar la ropa. Lo que me sorprende es que Steel diga que parte de la culpa la tiene la jerarquía católica. “El ‘no’ católico a la contracepción contribuye al uso del aborto como sucedáneo”. 

Me pregunto cuáles son las barreras se han construido con ese ‘no’ católicos en Gran Bretaña. Además, me resulta muy difícil imaginar a millares de piadosos católicos y católicas que no usan los contraceptivos por cumplir la imposición de los obispos,  pero sí recurren luego tranquilamente al aborto...  Pienso que es más honrado admitir que sus propias previsiones (de las que no pongo en duda su buena voluntad) han fracasado miserablemente. Se pretendía luchar contra el aborto clandestino y se ha acabado banalizando la vida.

¿Nostágicos de “Pravda”?

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“El Papa pide ensañamiento terapéutico”. Así exclama en primera página el diario italiano Liberazione (15 de septiembre), a propósito de la nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la alimentación e hidratación artificial en personas en estado vegetativo permanente.

En esa breve nota, que es la respuesta a una cuestión planteada por el episcopado de Estados Unidos, se dice que el agua y el alimento son medios ordinarios, no medicinas. En una nota explicativa que acompaña al texto se añade, además, que ese deber moral carece de sentido en algunos casos: por ejemplo, cuando sea físicamente imposible o cuando las complicaciones conviertan esa medida en excesivamente gravosa.  Se mire por donde se mire, resulta muy difícil concluir que se está pidiendo el “ensañamiento terapéutico”...

Liberazione no es un diario importante, sino el el órgano del Partido Rifondazione Comunista. En este sentido, es coherente con la historia. En efecto, al menos en este caso, hace honor a una tradición representada por “Pravda” y otros órganos de países donde estaba vigente lo que se llamaba el “socialismo real”. Como ellos, tampoco a Liberazione parece importarle el respeto a la verdad.  La ventaja de los lectores de “Pravda” es que habían aprendido a “leer” el periódico. No sé si ocurre lo mismo con los de Liberazione.

Tres paradojas

Gato

[En vista de que estaré fuera de Roma hasta el jueves, y no creo que pueda actualizar el blog, aquí van tres citas... ]

Leo en un artículo de Luca Donnielli: “El gran matemático  Laurent Lafforgue ha dicho que las matemáticas son humanas porque son difíciles, y que una de las características del mal es su facilidad. ¡Qué verdad tan grande! Pero ¡ay si lo dices en un mundo en el que todo debe ser fácil por principio!”

Andrea Tornielli, corresponsal en el Vaticano del diario Il Giornale, cita en su excelente blog una frase del escritor Vittorio Messori. Se trata de un comentario publicado en La Stampa (11 de agosto) a propósito de los escándalos sexuales protagonizados por sacerdotes. El párrafo se refiere a una paradoja: “nos indignamos por los pecados de los sacerdotes, pero si la autoridad eclesiástica trata de imponer reglas [para la admisión en los seminarios] estalla el fin del mundo y se grita a la represión, al autoritarismo, a la discriminación”.

Cuenta un artículo de Il Foglio (31 de agosto) que el profesor y ensayista Michael Bérubé rompió con cierta cultural liberal de origen a propósito de la eugenesia, y que se ha hecho paladín de los derechos de los inválidos, hasta el punto de proponer su defensa a nivel constitucional. Y menciona una frase de Bérubé sobre la paradoja de que “a los liberal no les gusta la posibilidad de contemplar los derechos de los discapacitados como parte de un programa de derechos civiles”. (Es decir, derechos para todos, menos para algunos). Bérubé tiene un hijo con síndrome de Down; sobre su hijo ha escrito el libro “Life As We Know It”.

Una parábola moderna

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La prensa italiana se ha hecho abundante eco de un episodio ocurrido durante estos días en Milán. Una mujer, en dulce espera de dos niñas gemelas, descubre que una  padece el síndrome de Down y decide practicar un aborto selectivo. Pero en el quirófano –por una “fatalidad”, se dice- se elimina a la niña sana (y luego también a la Down). El resultado fue que el dolor que se pretendía evitar –el nacimiento de un niño con síndrome de Down- acabó por multiplicarse al infinito. “Yo y mi marido no podemos dormir; nuestra vida está arruidada”,  dicen al Corriere della Sera (28 de agosto).

Desde hace tiempo se está difundiendo en algunos países lo que algunos llaman “handifobia”, el miedo al handicap. Se trata de una mentalidad eugenésica  (eliminación de los imperfectos) muy distinta de la practicada por Hitler: aquí no se impone la selección desde arriba, por la fuerza, sino desde abajo, en nombre del derecho a no sufrir (se refiere al sufrimiento de los mayores, porque ya se sabe que los niños Down tienen, por lo general, una autoestima que ya quisiéramos muchos “normales”).

Alguien ha recordado que el episodio de Milán se parece en algo a la trama de “The Memory Keeper’s Daughter” (“Hija de la memoria”, en español),  la novela de Kim Edwards que cuenta la historia de dos gemelos, un chico sano y una chica con síndrome de Down. El padre entrega la niña recien nacida a la enfermera y  dice a su mujer que la pequeña ha fallecido. Pretendía evitar de ese modo el dolor de convivir durante toda la vida con un descapacitado. El relato cuenta que el chico crece en esa familia dominada por la angustia y el remordimiento; mientras que la niña vive en un entorno de amor. Conclusión telegráfica, entre otras posibles: la felicidad no se “planifica” de se modo.

La fuerza persuasiva de la normalidad

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De vez en cuando, The New York Times ofrece artículos como este: el relato de una periodista que descubre su embarazo en el “peor momento”, justo cuando con su marido –también periodista- se habían trasladado a otro país para empezar una nueva vida profesional, llena de exigencias, estrecheces y aventura.

“¿Podrán nuestras dos vidas incluir una tercera?", se pregunta la protagonista en el título del artículo. La periodista cuenta sus dudas, temores, las conversaciones con su marido, la cita ya fijada en la clínica de Los Angeles para someterse a un aborto... Y los motivos que le llevaron a cambiar de opinión. Motivos que, en realidad, estaban presentes desde el primer momento, pero que las complicaciones de la vida y lo que consideraba necesidades para construirse una carrera profesional llevaron a oscurecer.

Leyendo el texto se deduce que en esos momentos de duda le sirvieron de poco la retórica abortistas o algunas truculencias contrarias. Le movió la normalidad de otras familias. La evidencia de que el embarazo no es una enfermedad, y de que otra gente como tú también trabaja y tiene hijos. “Han pasado ocho meses (...) y en ese tiempo mi barriga hinflada ha sido más un pasaporte hacia un entero nuevo mundo que un peso (...). Mientras escribo esto, las ropas nuevas de mi hijo se están secando en la terraza, a la espera de su inminente nacimiento. Y estoy deseando ver hacia dónde nos llevará”.

Informar de los riesgos no solo del tabaco...

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Igual que se informa a los ciudadanos sobre los riesgos del tabaco, habría que informar a las mujeres sobre los riesgos del aborto. Y todavía estamos muy lejos. Conseguir que se ofrezca, al menos, esa información es el objetivo de algunos grupos pro life de Estados Unidos, según relata The New York Times (22 de mayo) en una larga crónica. Esa campaña parte de la convicción de que el aborto, en general, no es lo mejor para la mujer; que las mujeres están mal informadas sobre los riesgos que el aborto supone para su propia salud física y emocional.

La crónica resiente de algunos “tics” característicos de la información sobre este tema. Por ejemplo, las organizaciones “anti-aborto” son siempre etiquetadas como “conservadoras”, mientras que las que abogan por el aborto carecen de etiquetas, como si estuvieran libres de connotaciones ideológicas (aunque sean la misma Planned Parenthood). A pesar de todo, la crónica ofrecen elementos informativos interesantes.  Uno de ellos es la campaña “Las mujeres merecen algo mejor que el aborto”, de Feminists for Life, que supone un profundo cambio de planteamiento con respeto a la campaña “¿Quién decide?”, lanzada en los años ochenta por la Naral Pro Choice America.

En el texto está presente la idea de que las posiciones de los pro life responden a razones tácticas o políticas, mientras que las de los pro choice son científicas, pues sus estudios niegan que el aborto legal presente un riesgo para la salud física o psíquica de la mujer. Sin embargo, la misma crónica informa de los más de 2.000 testimonios recogidos por la Justice Foundation (Operation Outcry), de mujeres que se consideran a sí mismas víctimas -físicas y psicológicas- del aborto legalizado. Sorprende la cierta reticencia de los grupos pro choice a que se mejore la información que se ofrece a las mujeres. En el fondo, una mejor información ayuda a elegir a mejor, que es lo que ellos mismos proponen.

Paradojas

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¿Por qué en Suecia, donde existen leyes para defender la fauna y la flora, donde los árboles no se pueden talar arbitrariamente, donde se castiga a quienes maltratan a los animales, y los campesinos deben criar a los cerdos respetando su bienestar... no se defiende al bebé no nacido? La pregunta se la formulaba hace unos días un artículista del Svenska Dagbladet, del que se hace eco Aceprensa.

En otro artículo aparecido en el mismo diario, el autor constata que la gente acusa a la Iglesia católica de discriminar a los homosexuales, pero se pregunta: ¿por qué no se ha propuesto que puedan casarse en una mezquita o en una sinagoga? ¿O por qué no se  subraya que la actitud del islam hacia el aborto es tan “retrógrada” como la cristiana? ¿Tal vez por miedo a que pongan una bomba en el metro de Estocolmo?

En un tercer artículo se comenta que la cadena de hoteles Hilton en Suecia ha decidio suprimir las Biblias de sus habitaciones, para no ofender a los no creyentes.  El autor advierte que se trata de una pésima propaganda: han quitado las Biblias, mientras mantienen los programas pornográficos en la red interna de televisión de los hoteles.

La lista de paradojas se podría ampliar y, desde luego, no se refiere sólo a Suecia.

Aborto en America Latina: ¿ideales "comunistas" con dinero capitalista?

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El diario italiano Liberazione, órgano del partido Refundación Comunista, ha acogido con entusiasmo la aprobación de la ley del aborto en Ciudad de México. Hasta aquí, ninguna sorpresa. Sorprende un poco más que diga que la ley salió adelante a pesar “de la potente lobby pro-life” a la que “el Vaticano llena de dinero”. Obviamente, no ofrece ningún dato que pueda respaldar esa afirmación. Imagino que piensan que al ser un periódico militante no tienen tanta necesidad de aportar hechos...

Puestos a hablar de lobbies, me parece que hubiera sido más acertado referirse a las instituciones pro abortistas, especialmente norteamericanas, que sí que dejan buenos dólares, directa o indirectamente (a través de otras instituciones), en sus campañas para promover el aborto en América Latina. Una de las más activas, por ejemplo, es la "Women's Link Wordwide", que está financiada -entre otras- por la "Ford Fundation" y el "Open Society Institute", del financiero George Soros. Lo irónico del caso es que los que ponen el dinero suelen ser organizaciones que representan al capitalismo más puro y duro. De este modo, Liberazione se coloca en el mismo frente que algunas de las odiosas multinacionales contra las que combate en nombre del comunismo...

Pero la retórica que identifica al aborto con el progreso no es exclusiva de la prensa militante. En su información sobre la aprobación de la ley en Ciudad de México, la BBC En español sostiene que con la nueva ley “Ciudad de México ahora se ha unido a las sociedades europeas más liberales”; y que esta ley pone a México “a la cabeza de una campaña global para otorgar a las mujeres más control sobre sus cuerpos y su reproducción”. Ya en la misma descripción de los contendientes (“los defensores de los derechos de la mujer” y  “los activistas anti-aborto”) se percibe el tufillo rancio de los años setenta. Han pasado cuarenta años. Muchos países occidentales ya están de vuelta, pero eso no impide que se sigua vendiendo a América Latina una mercancia caducada.

Católicos y judíos: polémicas, pero también acuerdos

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La prensa es muy sensible a las polémicas periódicas entre católicos y judíos. El pontificado de Pío XII y la cuestión del Holocausto suele ser tema frecuente. El último conflicto surgió hace pocos días y se refiere al comentario que acompaña una fotografía del Papa Pacelli en el museo de Yad Yashem. Se dice que Pío XII mantuvo una postura ambigua ante el Holocausto. El nuncio en Jerusalén, que había protestado ya en enero de 2006 por esa descripción, anunció en una carta privada (luego publicada por el destinatario) que por ese motivo no asistiría a la conmemoración del Holocausto que tendrá lugar el próximo domingo. La diatriba se ha resuelto: el nuncio asistirá a la conmemoración y el presidente del museo se compromete a revisar el modo en que se presenta la figura de Pío XII (ver, entre otros, Corriere della Sera). 

Lo que suele ser menos noticia son las ocasiones, que tampoco faltan, en las que ambas confesiones van de la mano. Por eso, me parece interesante  resaltar la reciente declaración común firmada por el arzobispo de París, mons. André Vingt-Trois, y el gran rabino de la capital, David Messas, en la que expresan “una firme oposición a toda forma de cooperación al suicidio y a todo acto de eutanasia”, según informa Le Monde.

Entienden por eutanasia “todo comportamiento, por acción u omisión, cuyo objetivo es dar la muerte a una persona para poner fin a sus sufrimientos”. El mandato bíblico “No matarás” se aplica también en este caso, dicen el arzobispo y el rabino. Al mismo tiempo, se declaran contrarios al encarnizamiento terapéutico y advierten que abandonar un tratamiento con un paciente terminal cuando ya es inútil, “no dispensa del deber de seguir cuidándole”, especialmente de seguir alimentándole, "sobre todo por la vía natural". Si circunstancias excepcionales llevan a "limitar o suspender la aportación de nutrientes", esto "no debe convertirse nunca en un medio de acortar la vida".

"Lentos con los cuidados paliativos y con la adopción, que si no..."

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Una de las ventajas del pluralismo informativo es que lo que no te dicen unos diarios te lo dicen otros. Naturalmente, eso exige dedicar tiempo.  A veces, las ausencias llaman la atención. Un ejemplo son una recientes declaraciones de Mark Rutte, líder del partido liberal holandés (Vvd), en las que se pregunta si es lícito promover los cuidados paliativos cuando esto podría provocar una disminución de la eutanasia. Si el gobierno holandés fomenta demasiado los cuidados paliativos, advierte, la eutanasia será superflua. Y eso, para él, es un peligro. Solo he visto referencias a estas afirmaciones en un artículo de Eugenia Roccella publicado en Il Foglio (7 de marzo).

Pero la analogía de Rutte no se ha limitado al caso de la eutanasia. Afirma que la posibilidad de fomentar la adopción de bebés, que el actual gobierno holandés quiere promover, provocaría una disminución del recurso al aborto. Según su punto de vista, todo eso es negativo pues limitaría la libre elección. Así pues, los que creíamos que esas dos situaciones –aborto y eutanasia- eran una triste respuesta a un caso límite debemos despertar de nuestra ingenuidad. Resulta que son dos opciones que ofrece el mercado, y que hay que respetar, pues para ser libre hay que elegir.

La argumentación, desde luego, no es muy sólida. Pero es que además la complejidad de la vida acaba desmintiéndola. Roccella cita un artículo, publicado en la revista Bioetica, en el que el experto holandés Harry Kuitert admite que de las dos mil tresceintas "dulces muertes" prácticadas en un año en su país, mil de ellas se realizaron sin que los interesados manifestaran su deseo... No es un panorama muy alentador. Me recuerda algo ya leído, pero sólo como ficción. 

Encarnizamiento mediático

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Como sucede en otros países, la batalla a favor de la eutanasia se desarrolla en España a golpe de casos límite explotado con verdadero encarnizamiento mediático. Lo explica Ignacio Aréchaga en Aceprensa, destacando cómo el diario El País ha creado su propio “corredor de la muerte” por el que desfilan sistemáticamente algunos enfermos que desean morir.

Una vez que se entra en ese corredor, “el enfermo es sometido a un protocolo mediático bien asentado. Historia clínica del caso; entrevista en la que el enfermo manifiesta su desesperación y su deseo de morir; reportaje con especial relieve para las declaraciones de la Asociación pro Derecho a Morir con Dignidad, que acude solícita a la cabecera del enfermo, y cobra unos réditos propagandísticos; preguntas a las autoridades sanitarias para ver qué se está haciendo para responder a la petición del enfermo; artículos de opinión para reivindicar la legalización de la eutanasia. Reportaje final cuando el enfermo ha conseguido por fin ‘una mano amiga’ que le ha facilitado la muerte. Todo ello adobado con denuncias al obstruccionismo de la Iglesia católica, acusada de obligar al enfermo a apurar el dolor hasta el final, y de imponer unos criterios religiosos en un Estado laico”.

Pero resulta que en muchos casos –como el último, referido a una mujer de 51 años- es esa misma Iglesia la que ha cuidado a la enferma durante 22 años. “Ese entorno ha sido su familia y su círculo de amistades. La enferma reconoce que ‘me han ayudado en todo lo que he necesitado, y sobre todo me han apoyado y me han respetado’. Esa es la diferencia, concluye Aréchaga: las instituciones sanitarias de la Iglesia católica la han ayudado a vivir con dignidad y ánimo durante largos años. Otros solo sirven para desconectar una máquina”. Y encima, cabría añadir, aparecer como gente llena de piedad por el sufrimiento ajeno.

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[Actualización, 8 de marzo] En la frontera de la eutanasia hay una sutil línea roja que a veces resulta fácil confundir o no ver. En el caso de la enferma mencionada en el último párrafo del post, es probable que no se trate de eutanasia, sino de limitar el esfuerzo terapéutico. Éticamente es bueno limitar las medidas que se toman para mantener la vida, no sólo cuando se trata de medidas fútiles, sino también cuando resultan excesivamente onerosas o desproporcionadas para la situación del paciente concreto (ver estos comentarios de bioeticaweb y condignidad).

El problema aquí es la confusión informativa que lleva a presentar como eutanasia lo que no es eutanasia.  Lo indigno es aprovechar la situación de sufrimiento de un paciente concreto para hacer campaña de la propia ideología favorable a la eutanasia (Gracias, José Luis).

 

La cuadratura del círculo

Imposible

The New York Times presenta hoy una crónica casi hagiografíca de Frances Kissling, de 63 años, con motivo del anuncio de su retirada de la dirección “Catholic for a Free Choice”, una organización norteamericana que no es ofensivo definir como lobby pro-aborto. Será sustituida por Jon O’Brien, de 41 años. Entre los datos que ofrece el diario figura que el presupuesto anual del grupo, de tres millones de dólares, “es financiado en su mayor parte por conocidas fundaciones seculares, entre las que se incluye la Ford Fundation”.

“Respaldar el derecho al aborto manteniendo la fe”, dice el título. Pero tras la lectura del texto no es posible descubrir cómo se hace eso. Lo único que se repite es que Kissling ha conseguido compaginar su amor por la Iglesia y la ira (se deduce que más bien odio) contra su doctrina. Pienso que resulta objetivamente difícil conseguir una síntesis de esos dos sentimientos contrapuestos. Pero tal vez no haga falta explicarlo, pues la idea de fondo que transmite la crónica es que es posible ser católico (en el texto se repite 27 veces la expresión “catholic”) y rechazar lo que significa ser católico.

De la vida de Kissling se cuenta que a los 19 años entró en un convento, donde permaneció seis meses. Afirma que en ese tiempo descubrió que no estaba de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia en materia de divorcio y control de la natalidad. En los años setenta dirigió una clínica abortista en Pelham, Nueva York, y en 1982 se convirtió en presidente de “Catholic for a Free Choice”. En 2004 escribió en un artículo que si bien el feto puede no ser una persona, eso no quiere decir que no sea nada: las mujeres saben que hay algo dentro de ellas.  A pesar de ser una observación bastante obvia, aquel artículo causó cierta sorpresa.

Cuando “donación” significa “venta”

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Supongo que llegarán, pero todavía no se han oído muchas críticas feministas hacia la posible autorización que la Human Fertilization and Embriology Authority británica dará para que las mujeres puedan donar óvulos a cambio de compensación económica. (Es decir, y dicho brutalmente: para que los óvulos salgan al mercado). Ya lo hace un hospital de Newcastle, pero se podría extender a todo el país: a las mujeres que se someten a tratamientos de fecundación asistida les aplican un descuento del 50 % en caso de que decidan donar los óvulos no utilizados para la investigación terapéutica (el descuento supone unas 1.500 libras esterlinas).

Pero lo que la HFEA podría aprobar, según informa Il Foglio (20 de febrero), es la venta directa de óvulos. A las “vendedoras” se les remunerará con doscientas cincuenta esterlinas, más gastos de viaje. Con el fin de dar a la transacción una cierta nobleza, se pedirá a la oferente que manifieste su plena voluntad de ayudar a un paciente de alguna patología que podrían ser curadas a través de la clonación terapéutica ... (lo que significa todo y nada, pues ya se sabe que es “un filón de investigación tan prometedor como incapaz de producir hasta el momento ni un solo resultado concreto”, apostilla el diario).

De salir adelante, esta decisión demostrará la tendencia de la legislación a acomodarse a los requisitos de la tecno-ciencia y de la industria. Se autorizará a las mujeres pobres a vender parte de su cuerpo (con las formalidades más bien hipócritas del caso). Y todo eso, a pesar de los riesgos físicos documentados que tales intervenciones suponen para las donantes. “Mi cuerpo es mío”, decía el slogan de los años setenta. Ahora habría que añadir: “pero lo gestiona el laboratorio”.

La decisión de la baronesa

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La compañía propietaria de un exclusivo distrito londinense, donde se encuentran varias clínicas de lujo, ha anunciado que de ahora en adelante no alquilará sus propiedades a clínicas que sigan algunas intervenciones, entre las que figura el aborto. Los hospitales que las practican se deberán ajustar a las nuevas normas si quieren renovar sus contratos. El director de la compañía Howard de Walden State anunció que desean centrarse en una medicina de excelencia contra el cáncer y enfermedades del corazón, y que ahí no hay sitio para el aborto.

Parece que la decisión fue de la heredera del imperio económico, Mary Hazel Czernin, décima baronesa de Howard de Walden, descrita por alguna prensa como una “devota católica”. Naturalmente, los grupos partidarios del aborto la han denunciado como una peligrosa anti “choice”. De eso se hace eco la BBC. Pero como comenta hoy Mary Kenny en The Daily Telegraph, la baronesa se ha limitado precisamente a ejercer su derecho de elección  -su “choice”: ha hecho lo que considera conveniente con lo que es suyo. Además, añade, la propaganda abortista de los años sesenta y setenta siempre aborreció de “esas clínicas de abortos para ricos”. Ahora la baronesa les ha dado razón.

Pero el artículo de Mary Kenny va más allá y se pregunta por el sistemático incumplimiento de las profecías que veían en la legalización del aborto como el fin de muchos males (niños abandonados, embarazos de adolescentes, etc.). Las cifras demuestran otra realidad:  esos problemas han aumentado, en algunos casos vertiginosamente. El aborto se ha convertido en una trivialidad en continuo crecimiento, en un ingrediente más del “menú contraceptivo”. Tenía razón el Dr. Johnson (siempre capaz de sorprender por la aguda obviedad de sus observaciones): "lo que es fácil, acaba haciéndose frecuentemente".

El poder persuasivo de los símbolos

YvonneknibiehlerLa historiadora y conocida figura del feminismo francés, Yvonne Knibiehler, afirma en una entrevista publicada por Le Monde  que “el feminismo debe en primer lugar repensar la maternidad: todo lo demás le será dado por añadidura". A sus 84 años, dice que nunca fue de las feministas que consideraban la maternidad como un obstáculo. "Aun apoyando las luchas de las militantes sobre la sexualidad, el control de la fertilidad, el poder o el trabajo, estaba persuadida de que la maternidad seguirá siendo una cuestión capital de la identidad femenina”.

Defensora del aborto, Knibiehler sostiene -sin embargo- que “no se dice suficientemente a las mujeres que se trata de una prueba física y moral. Mientras que el aborto siga siendo para las mujeres un símbolo de liberación, lo sufrirán sin protestar, por desagradable que sea. Y lo mismo ocurre con la contracepción”. Añade también que los productos que necesitan las mujeres para controlar su fecundidad "son fabricados por multinacionales dirigidas por hombres, que se preocupan mucho más de sus beneficios que de la liberación de las mujeres”.

Me ha parecido interesante su reflexión sobre el valor del aborto y de la contracepción como símbolos de liberación. Es uno de esos casos en los que el símbolo puede llegar a ejercer una atracción en determinadas personas cuando se contempla en abstracto, pero cuando se aplica al caso concreto da lugar a una realidad muy distinta. De ahí -pienso yo- la importancia de reforzar el valor simbólico de realidades humanas que reflejan lo bueno, lo bello, lo verdadero...

Portugal y el aborto: la sinceridad de "El País"

Portugal

El dato más significativo del referéndum para modificar la ley del aborto en Portugal ha sido la escasa afluencia a las urnas (44 %), hasta el punto de no alcanzar el quórum necesario para hacer vinculante el resultado (50 % más uno). Y eso a pesar de que todos los partidos, excepto uno, hicieron campaña a favor... De los votantes, el 59 % optó por el “sí” y el  40 % por el “no”. Es decir, apostó por el “sí” el 23 por ciento de los que tienen derecho a voto. La pregunta es si no tiene relevancia política el 77 por ciento restante, que se abstuvo o votó “no”. (Para el gobierno socialista de Socrates la respuesta es que no, pues enseguida anunció su voluntad de modificar la ley).

Si las cifras son éstas, leyendo algunos titulares de la prensa no portuguesa da la impresión de que los partidarios del sí arrasaron en las urnas. “Los portugueses votan a favor de la ley de despenalización del aborto”, dice El Periódico (12 de febrero), añadiendo además otra confusión, pues el aborto ya estaba despenalizado en Portugal (una breve descripción de la situación se puede ver aquí). Como este titular hay otros muchos. Sin embargo, un paso más lo da un editorial de El País de hoy, titulado “Nueva era en Portugal”.

Es un texto en el que los “buenos” son los partidarios del aborto sin condiciones, y los “malos” todos los demás. Con una retórica propia de los años setenta, el diario hace un panegírico del “histórico paso adelante del país vecino” que provoca cierta vergüenza ajena por su arrogancia. Nos informa de que la ley existente (casi idéntica a la española) “jamás pudo ser aplicada racionalmente por la presión social de la Iglesia y la cerrazón médica”...  Por fin, subraya, “la voz del Portugal laico y moderno se ha elevado sobre el silencio del país atrasado”: dejo de lado lo de "elevado la voz" (pues se trata de uno de cada cuatro portugueses) y me fijo en que para El País han votado "sí" los iluminados; se han abstenido o votado "no" los atrasados. Eso significa que el diario respeta a las personas cuando votan lo que él quiere, de lo contrario son pobres atrasados... Una vez más, se trata de un editorial sincero: dice claramente lo que piensa el periódico y cómo es la tonalidad que imprime a su visión del mundo.

La alarma de Didier Sicard

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Didier Sicard, presidente del Comité Nacional Consultivo de Ética (Francia), ha lanzado desde las páginas de Le Monde (4 de febrero) la alarma de que el siglo XXI está llevando a Francia a la silenciosa eliminación de los “no perfectos”. El médico francés afirma que el diagnóstico prenatal generalizado se está transformando en un nefasto instrumento eugenésico.

“El diagnóstico prenatal tiende a la supresión y no a la cura”; se trata de “una ideología que la técnica ha hecho posible”; una obsesión que llega a condenar socialmente a quienes no aceptan esa visión que ofrece la ciencia y sostiene la ley. Según Sicard, Alemania es más prudente en este campo porque ha conocido el nazismo y su experimentación con el ser humano.

Comentando esta noticia en Il Foglio (7 de febrero, “Figli fabbricati, l’allarme”), Nicoletta Tiliacos afirma que a pesar de que Sicard apoya el aborto, en los últimos años ha levantado varias veces su voz contra su trivialización: "los 220 mil abortos al año en Francia son una herida colectiva mucho más importante de cuanto se piense”.  Tiliacos relata que el propio Sicard ha experimentado en su vida las consecuencias de una medicina enemiga del hombre: una hija suya de 34 años, con dos hijos y en espera del tercero, falleció en California en 2005 a causa de una infección fulminante, después de haber ingerido la píldora abortiva R486.

Eutanasia y enfermos psíquicos: una "demostración" sin argumentos

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Informa hoy  El País de que el Tribunal Federal suizo “ha admitido, en principio, que ‘las personas aquejadas de problemas psíquicos o psiquiátricos puedan igualmente beneficiarse de la asistencia médica al suicidio’”. Esa es la respuesta a la petición de un paciente maniaco depresivo, que sostenía que la defensa de sus derechos fundamentales obliga al Estado a “reconocer a cada individuo el derecho a poner fin a su propia vida sin riesgos y sin dolores innecesarios”.

El Tribunal está de acuerdo en que “cada persona tiene derecho a elegir el momento del fin de su existencia”, pero “eso no implica que el Estado esté obligado a prestarle la asistencia necesaria”. El Tribunal añade que “respetando la ética y las reglas deontológicas propias de la profesión médica, ‘la asistencia al suicidio puede convertirse en una ocupación médica libre’”.  En el caso de los enfermos mentales, “se requerirá ‘un profundo examen psiquiátrico’”. (De hecho, añade el diario, “como comentan numerosos especialistas, ‘en la práctica, las posibilidades de un enfermo psiquiátrico de obtener autorización médica para un suicidio asistido son más bien escasas’”).

Merece la pena ver cómo el autor de la crónica glosa toda la cuestión en el último párrafo: “La sentencia demuestra que la asistencia al suicidio forma parte del campo de las actividades médicas y no es ajeno al ejercicio de la profesión desde el punto de vista médico, ni desde el jurídico ni el ético”. En realidad,  la sentencia no “demuestra” que la “asistencia al suicidio” no sea ajena al ejercicio de la profesión desde el punto de vista médico, jurídico y ético. En todo caso, lo que demuestra es el pensamiento del Tribunal, fuertemente condicionado por una visión favorable a la eutanasia.  Imagino que si el resultado de ese dictamen hubiera sido contrario, el redactor no habría usado el verbo “demostrar” y se hubiera apresurado a explicar las razones (ideológicas, políticas, religiosas) que condicionaron la decisión. (En la foto, Aristóteles, por aquello de la "demostración")

ONU y discapacitados: ¿mejor eliminar el problema?

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Hay que agradecer a la Santa Sede que haya llamado la atención sobre ”Convención de los Derechos de las personas con discapacidades”, un documento vinculante para los países firmatarios, que fue aprobado en diciembre por la Asamblea General de la ONU. En una nota de la oficina de prensa se explican las razones que llevaron a la Santa Sede a no firmar ese documento, en cuya discusión había participado activamente en los últimos cuatro años.

El lenguaje “burocratés” de la Convención no impide que se pueda leer entre líneas y comprender su significado concreto, a pesar de los eufemismos y tecnicismos. De este modo, como sintetiza Marina Corradi, el mensaje escalofriante que se esconde “tras la prosa muy correcta y solidaria de las Naciones Unidas es: ayudémosles [a los discapacitados], protejámosles, eduquémosles, pero –cuando se esté a tiempo- eliminémosles”. Se da, en efecto, la paradoja de que en un documento pensado para proteger a los discapacitados se admite la posibilidad de recurrir al aborto en caso de malformación del feto.

El texto final es notablemente mejor que las propuestas iniciales, gracias precisamente a la actividad de la Santa Sede y de los delegados de países como Canadá, Estados Unidos, Egipto, Uganda, Costa Rica, Filipinas, El Salvador y Nicaragua. En el bando contrario ha destacado –una vez más- la acción de los representantes de la Unión Europea.  Aún así, en el artículo 23 del texto final se reconocen los derechos de los discapacitados a la planificación familiar, a la “educación reproductiva” y a los “medios necesarios para ejercer estos derechos”. En el artículo 25 se garantiza el acceso de los discapacitados a todos los servicios sanitarios, “incluidos aquellos del área de la salud sexual y reproductiva”. 

Es sabido que muchos países –sobre todo occidentales- entienden el término “salud reproductiva” como derecho al aborto. Dejar en un texto de que tiene fuerza jurídica (incluso para modificar las leyes nacionales) una definición tan vaga y ambigua es ofrecerlo en bandeja a las manipulaciones e ideologías eugenésicas.

"Soy hija de un donante anónimo y tengo algo que decir"

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El texto lo publicó hace unas semanas The Washington Post (17 de diciembre), pero no ha perdido su actualidad. Se trata del relato de Katrina Clark, una chica de 18 años, en el que cuenta su experiencia de hija de un anónimo donante de esperma (‘donante’ es un decir: sería más correcto ‘vendedor’). Su madre, “cuando tenía 32 años y preocupada de que nunca se iba a casar y tener una familia”, decidió someterse a fecundación artificial de un donante desconocido. Así nació Katrina, que forma parte de la primera generación de hijos de padres biológicos anónimos. “Hemos llegado a una edad en la que tenemos algo que decir”.

Y lo que tiene que decir es que “muchos de nosotros no aguantamos más”. Cuando se habla de este tema, afirma, todo el interés de centra en los ‘padres’, que pueden elegir sobre sus propias vidas. “Las receptoras reciben simpatías por querer tener un hijo. A los donantes se les garantiza el anonimato y la absolución de toda responsabilidad hacia el fruto de su ‘donación’. En la medida en que estos adultos están contentos, entonces la concepción por medio de donación es un éxito, ¿no?”. La respuesta es que no. “Los hijos nacidos de esas transacciones también somos personas”; “no hemos  pedimos nacer en esta situación, con estas limitaciones y confusiones”; esos padres y las madres “no piensan en los sentimientos de los hijos que resultarán de sus acciones”.

Buena parte del artículo trata de cómo se le hacía insoportable la ausencia del padre, hasta el punto de sentir envidia por las compañeras de colegio con padres divorciados: al menos tenían uno. Al final, encontró a su padre biológico, quien ya esta harto de "todo este tema" de ser el donante del esperma... A pesar de todo, a Katrina le interesa saber cómo es, conocerlo mejor. “No lo amo y no sé si algún día le amaré, pero me importan sus cosas”.

Cuando la ética empuja la creatividad científica

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Se ha exagerado a propósito de las posibilidades terapéuticas de la clonación, sostiene el prof. Austin Smith, de la Universidad de Cambridge, según una información publicada hace unas semanas en The Times (18 de diciembre). Es más, añade el profesor, la pregunta que hay que formular es si los experimentos de clonación tienen realmente alguna utilidad, pues los obstáculos técnicos son tales que posiblemente no se llegue nunca a la aplicación terapéutica.

Esas afirmaciones no proceden de una preocupación ética, pues el prof. Smith es un convencido defensor de la investigación con células madre procedentes de embriones humanos y critica los esfuerzos de quienes buscan otras vías. En realidad, su comentario busca llamar la atención sobre el centro de investigación que él mismo dirige en Cambridge, y superar la mala prensa que arrojó sobre este campo de investigación el caso Woo-Suk Hwang (el científico coreano que falsificó los datos de experimentos de clonación).

Por contraste, resulta interesante comprobar cómo precisamente la preocupación ética lleva a resultados científicos que no se hubieran alcanzado si todos hubiera adoptado una actitud conformista. Paolo De Coppi es uno de los autores de la reciente investigación que confirma la existencia de células madre particularmente potentes en el líquido amniótico (por tanto, sin necesidad de destruir el embrión). En una entrevista publicada hoy afirma que comenzó este trabajo movido por “problemas éticos, pues mi opción personal ha sido la de no trabajar con células embrionarias”. Se necesitarán varios años para traducir ese descubrimiento en aplicaciones terapéuticas. Pero ya es significativo constatar que “parte de la comunidad científica veía con preocupación este trabajo porque temía que restara fondos para el estudio de las células madre embrionarias”. De hecho, sin esas resistencias, la investigación de su equipo se podía haber publicado antes.

Eutanasia y ensañamiento ideológico

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La muerte de Piergiorgio Welby (hace dos días) pone fin a un caso que ha ocupado durante tres meses cientos de páginas de periódicos y horas de emisión en Italia. Un enfermo de distrofia muscular, paralizado pero perfectamente lúcido, conectado a un respirador artificial, que pide ser desconectado y morir. Su dura situación clínica no era peor que la de otros enfermos similares, pero sí su situación anímica, a pesar de los cuidados que durante años le prestó su mujer.

Los expertos dictaminaron que no se trataba de un caso de ensañamiento terapéutico. No era un paciente terminal, pues no existía peligro inminente para la vida,  el enfermo estaba consciente y comunicaba a través de su esposa. De acuerdo con las leyes italianas, un paciente puede pedir la suspensión de un  tratamiento que no desee (otra cosa es la valoración moral de esa decisión); y puede solicitar la terapia adecuada para paliar el dolor causado por esa interrupción. Welby podía haber sido acompañado a una muerte sin sufrimiento en conformidad con la ley vigente. Lo que ocurre es que deseaba una sedación que lo llevara de inmediato a la muerte. Para contentarle no bastaba simplemente con desconectar el respirador.

El caso fue abanderado por el Partido Radical italiano, y de este modo lo que era una tragedia íntima y familiar entró a formar parte del “circo mediático”. Al final, un médico anestesista -ajeno a los que atendían al enfermo- le suministró un “cocktail farmacológico” y le desconectó el respirador, en presencia de algunos familiares y de la plana mayor de los radicales. A éstos les faltó tiempo para dar la noticia de la muerte en su emisora de radio y convocar una rueda de prensa. Era lo que buscaban: una muerte bajo los reflectores, en nombre –eso sí- de la piedad y de los derechos individuales.

Si hubo o no delito en la acción del anestesista (si fueron los fármacos los que provocaron la muerte), lo comprobará la magistratura. Lo que sí está claro es el ensañamiento ideológico que ha rodeado todo este trágico episodio. La sobreexposición del caso estaba destinada a provocar la saturación y a suscitar en la sociedad una respuesta más emotiva que racional a favor de la eutanasia. Si lo han conseguido o no es pronto para decirlo.  A ello hay que añadir una información confusa en la que se ocultaba, a veces deliberadamente, que lo que el paciente pedía del Estado era una acción positiva: darle el empujón necesario para el suicidio. (Ante esos hechos, la diócesis de Roma se vio obligada a tomar una decisión difícil: con sus gestos y sus escritos, Welby se había puesto en una situación que contrastaba con la doctrina católica. Por esa razón, y atendiendo también al clamor del caso, no se celebrarán funerales religiosos).

Un especialista en cuidados paliativos que visitó a Welby en los últimos días, y que rechazó ejecutar lo que al final hicieron otros, comentó con amargura: “quien lleva adelante la batalla por la eutanasia y usa a Welby para hacer brecha, olvida que detrás de todo esto está la soledad y el dolor de un ser humano”. La conclusión no es reglamentar la eutanasia sino preguntarnos qué más podemos hacer por estos enfermos que han perdido las ganas de vivir. 

Llámalo “mercy killing”, pero es matar