El sábado tuve la oportunidad de asistir a la vigilia con el Papa de Cuatro Vientos como un peregrino normal, sin las facilidades –lógicas y necesarias- con las que había contado en tres ocasiones anteriores en calidad de periodista. También pasé allí la noche, juntos con varios cientos de miles de personas (se dice pronto…). Por la mañana, antes del comienzo de la misa, tomé un cuadernillo (mojado) e intenté sintetizar en pocas palabras lo que más me había sorprendido de esa noche inolvidable (en muchos sentidos).
No quiero aparecer demasiado entusiasta, pero -rememorando las horas anteriores- caí en la cuenta de un primer dato: allí nadie se quejó. Lo adverso de las circunstancias (sol abrasador, seguido de lluvia y viento, con una noche a la intemperie por delante), justificaba alguna que otra lamentela lanzada aunque fuera “en general”. No solo no oí ningún lamento, sino que la reacción fue llevar la cosa con humor y espíritu deportivo (y naturalmente, rezando con todas las fuerzas para que se calmara lo que parecía un huracán).
El segundo dato fue el silencio que acompañó la adoración eucarística. Quien tenga experiencia de reuniones de multitudes sabe que en esos casos siempre hay gente que toca un spray-claxon en el momento más inoportuno. Allí no se oía toser. Al contemplar ese silencio, con mucha gente de rodillas mientras se le deslizaban por la espalda las gotas de agua de la lluvia momentáneamente amainada, se comprendía –desde una perspectiva de fe- porqué esa reunión multitudinaria pone tan nerviosos a algunos.
[Ilustro esta entrada con la portada de El Mundo de hoy, que contiene un extraordinario artículo de su director, Pedro J. Ramírez, que comenta Scriptor. Una versión del artículo se puede ver aquí].
Yo estuve allí :-) con mis hijas mayores, ni jóvenes ellas (aún niñas) ni joven yo (seamos realistas), pero viviéndolo los tres tan contentos. Es cierto, allí había otro espíritu, otra actitud que no es que no se encuentre en otro sitio, es que no se hace tan evidente. Me reitero en el silencio de la adoración, momento que se repitió también en el evangelio y la consagración de la misa del domingo. Y en la juerga de la noche... impresionante, ni rastro de alcohol ni drogas, ni destrozos, ni broncas. Es más, casi no nos molestaba que no nos dejasen dormir; sólo casi, que el cansancio hace mella. Pero no deja de ser alucinante, qué bien se lo pasaban, cantando, bailando, con una alegría que les salía de dentro y no la que "impone" nada ni nadie externo; cansados, físicamente tal vez, pero como personas, más vivos que nunca. Esta es la juventud del Papa, esto es la Iglesia, donde la felicidad es más, más que una insolación o una tormenta, donde Dios provee :-).
Publicado por: rm | 22/08/2011 en 11:26 a.m.
Y, como siempre, los números cantan. Aunque el titular no lo refleje, el siguiente párrafo de una noticia aparecida hoy en la edición madrileña de El País, no tiene desperdicio:
"El total de desechos tirados en Cuatro Vientos sumó unos 127.100 kilos. Según los organizadores, asistió un millón y medio de personas, lo que implica que cada asistente era responsable de una media de 85 gramos de basura. Esto es equivalente a poco más de cinco latas vacías de refresco. En comparación, en el desfile del Orgullo Gay de este año los barrenderos recogieron 75.000 kilos de basura, según el Consistorio. Asistieron unas 55.000 personas, lo que da una media de 1,3 kilos per capita. Si las cifras son de fiar, un asistente al Orgullo Gay genera 15 veces más basura que un peregrino".
Aquí se puede leer la noticia completa: http://www.elpais.com/articulo/madrid/exito/Jornada/aval/Madrid/2020/elpepiespmad/20110823elpmad_2/Tes
Un saludo desde Madrid
Publicado por: María Sahuquillo | 23/08/2011 en 10:49 a.m.