El actual arzobispo de Nueva York es, sin duda, una figura interesante. Personalmente, lo descubrí a través de los comentarios que leía en su blog, muchos de los cuales no tienen desperdicio incluso para quien no vive ni en Nueva York ni en Estados Unidos. Además, Mons. Timothy Dolan, de 61 años, es desde hace seis meses presidente de la conferencia episcopal de Estados Unidos, con lo que su esfera de influencia se ha incrementado notablemente.
El periodista norteamericano John Allen, que va a publicar en octubre un libro-entrevista con Dolan ("A People of Hope", cuya portada ilustra esta entrada), define la actitud del arzobispo con una expresión que considero particularmente afortunada: “Affirmative ortodoxy”. Explica Allen lo que quiere decir con los dos términos de esta “ortodoxia afirmativa”:
"Es «ortodoxa», es decir, una defensa tenaz del pensamiento, del discurso y de la práctica católica. Y también es «afirmativa», en el sentido de que presenta la identidad católica en términos positivos. El énfasis está puesto en lo que el catolicismo abraza y afirma, a lo que dice «sí», en lugar de a lo que se opone y lo que condena".
Pienso que se trata de un punto de vista particularmente interesante, en plena sintonía con lo que está realizando Benedicto XVI, quien apenas unos meses después de su elección decía a un grupo de periodistas:
"el cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está permitido, y ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer".
No niego que la actitud del Arzobispo de Nueva York como, particularmente la del Papa Benedicto XVI, sean interesantes y dignas de subrayar, me alegra por todos. Pero, por otra parte, lamento que nuestra civilización, llena de prejuicios, sea tan alérgica a la verdad que haya que dar un "giro a la luna" para exponersela. Debemos confesarlo, la verdad tiene sus "si" y sus "no". De lo contrario dejaría de ser verdad, dejaría de ser íntegra. Es una deficiencia nuestra, resultado de una hirper suceptibilidad, el no saber soportar, tanto en los principios como en la vida práctica, las negativas.¿No será esto signo de una mente que se erige como medida de todas las cosas, al punto de no querer aceptar la fuerza que posee la verdad, no querrá decir esto que nos hemos acostumbrado a poner nuestros deseos como la norma infalible de lo verdadero y bueno, a tal punto que, cuando sentimos que alguien nos contraría, cerramos nuestros oídos? Creo que es signo de inmadurez escuchar sólo lo que nos gusta y complace. Bravo por todos aquellos que no se cansan y son capaces de dar mil vueltas para que "los niños que juegan en la plaza" (Mt. 11, 16-19) les presten un poco de atención.
Publicado por: Tomás Paz | 24/06/2011 en 08:57 p.m.
Gracias, Tomás, por lo profundo de tus comentarios. Tal vez por eso que dices sea todavía más necesario "reeducar" el gusto por la verdad, suscitando la buena disposición o, al menos, que el otro se pare a escuchar.
Publicado por: Diego Contreras [blogger] | 25/06/2011 en 03:51 p.m.