Escribe hoy Andrea Tornielli en La Stampa un comentario a raíz de las dos homilías pronunciadas por el Papa el Jueves Santo (misa crismal y misa in coena Domini). Observa que aunque el clima es muy diferente a la histeria mediática de hace un año, la actitud del Papa ante el escándalo de la pedofilia (que no mencionó durante las homilías) no ha sido nunca la de ofrecer estadísticas, etc. que con toda razón ayudan a contextualizar y a poner de relieve que la situación no es peor en la Iglesia católica que en otras realidades religiosas y civiles. Ni tampoco ha criticado campañas mediáticas sobre este tema ni otros factores externos.
El Papa, dice Tornielli, no ha callado ante la gravedad de los hechos, ha asumido sobre sí el peso de la responsabilidad, ha querido encontrarse siempre con las víctimas durante sus viajes, y está llevando a la Iglesia hacia la necesidad de la penitencia, la purificación y la justicia. Ha llegado incluso a decir que la persecución más fuerte contra la Iglesia viene precisamente de su interior.
Benedicto XVI, como cardenal y estrecho colaborador de Juan Pablo II, ha sido protagonista de la reforma de las normas eclesiásticas sobre estos temas promovidas con motivo de la primera ola de escándalos llegada de Estado Unidos. Pero ha evitado meticulosamente incluso la impresión de contraposición con el pontificado precedente, como por el contrario están realizando algunos "intérpretes ratzingerianos", los cuales buscan chivos expiatorios en el “entourage” de Wojtyla. No han comprendido que la exaltación de la nueva línea es un boomerang. Y que la “nueva línea”, añado yo, es un desarrollo de lo que ya se había iniciado antes. Un a línea que no es otra que la de la reforma espiritual de la que puso como ejemplo a Juan Pablo II.
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