Escribe Nicoletta Tiliacos en Il Foglio de la avalancha de insultos que Richard Dawkins, famoso apologista del ateísmo, está recibiendo por haber anunciado unos cambios que hacen más complicada la libre discusión en los foros de su popular página web. En una respuesta a esos insultos, titulada "Outrage", Dawkins afirma que esta reacción tan desproporcionada le lleva a pensar que “hay algo de podrido en la cultura del desahogo de Internet” y que todo esto le confirma en la necesidad de cambiar las reglas de su página. (Ecos de la polémica en The Daily Telegraph y The Times).
Acostumbrado a provocar a las personas con fe religiosa, Dawkins parece que ha subestimado el fervor irracional de sus propios correligionarios ateos, los cuales le está propinando una retahíla de apelativos que jamás se les pasó por la cabeza a los más rancios, peligrosos, intransigentes, supersticiosos o retrógrados fundamentalistas religiosos a los que él suele tomar el pelo. Es decir, a esas caricaturas de personas en las que consisten, con frecuencia, su descripción de los creyentes.
Tal vez esta avalancha de vulgaridad -de la que con toda justicia se queja Dawkins- indique algo más que la simple gamberrada de un grupo (en realidad, miles) de personas anónimas. Son exabruptos en los que la racionalidad y el uso del cerebro brillan por su absoluta ausencia. Se diría, en efecto, que todo el trabajo de una vida dedicado a mostrar al hombre como fruto de la evolución se lo han desmontado a Dawkins, en media mañana, sus devotos adeptos.

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