El hecho de estar escribiendo esto en
un Mac, indica que -en general- “soy partidario”. Disfruto con
los inventos, la presentación y el “toque” que distinguen a la
casa de Cupertino (como hay que llamarla, para que se note que uno
está en la onda); y, desde hace ya muchos años, sigo las aventuras
y desventuras de su fundador y líder, Steve Jobs.
Siempre me ha llamado la atención el entusiasmo que rodea a los “supporters” de Apple, incluso cuando sus productos no estaban a la altura; especialmente, durante la 'época negra' que concluyó con el regreso de Jobs y el relanzamiento de la empresa. Es una fidelidad casi religiosa, a prueba de bomba (concretamente de la “bomba” estilo comic que indicaba, con cierto humor, un fallo general del viejo sistema operativo).
Esto viene a cuento porque, teniendo en cuenta esas premisas, no me ha sorprendido la metáfora religiosa que The Economist utiliza en la portada de su último número, dedicada al fenómeno Apple-Jobs, con motivo de la aparición del iPad. Pero si hablo es esto en este blog es porque me parece que este producto afectará -entre otros- al mundo de la comunicación periodística, como el iPod revolucionó el mundo de la distribución musical. El iPad hará posible que la gente pague con gusto por leer, que es una de las revoluciones pendientes, requisito imprescindible para el mantenimiento de las empresas y la calidad de la información.

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