La primera semana de trabajo del sínodo africano ha mostrado que para
buena parte de la prensa occidental África solo es tema de conversación
cuando se trata de sida y preservativo, según la rigurosa perspectiva
de una cierta mentalidad dominante occidental. Una muestra de ese
silencio casi generalizado fue el escaso eco de la denuncia de mons.
François Xavier Maroy Rusengo, arzobispo de Bukavu (R.D. del Congo),
quien anunció que se veía obligado a abandonar el sínodo para regresar
a su tierra, donde una parroquia acababa de ser incendiada, varios
sacerdotes maltratados y otros secuestrados. “La Iglesia ha quedado
como el único apoyo, que se pretende reducir al silencio, de un pueblo
terrorizado, humillado, explotado, dominado.”
A pesar de esa deficiencia informativa, la segunda asamblea especial para África del sínodo de los obispos, que se inauguró en Roma el pasado 4 de octubre y concluirá el 25, está siendo una ocasión para reflexionar sobre los problemas y esperanzas de este continente, donde los católicos casi se han triplicado en los últimos treinta años, pasando de los 55 millones de 1978 a los 164 millones de hoy.
Muestra de esa vitalidad es también el hecho de que desde que celebró la primera asamblea africana, en abril de 1994, el episcopado del continente (528 obispos) se ha renovado casi por completo, y en la inmensa mayoría de los casos con obispos procedentes del clero local. El dato dramático es que en ese mismo periodo de tiempo han sido asesinados más de 520 misioneros, lo que indica que la tarea evangelizadora no se desarrolla siempre en medio de un clima favorable.
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