Observa Eugenia Roccella en Il Riformista (via Stranocristiano) que la encíclica “Caritas in veritate” destruye el maniqueísmo de quien divide, por un lado, la “ética de lo social” y por otro, la “ética de la vida”, como si se tratara de dos realidades sin conexión. De este modo, lo “social” estaría más cómodo en el ámbito de las izquierdas y la defensa de la vida entre las derechas.
La encíclica, sin embargo, subraya precisamente los vínculos que existen entre ética de la vida y ética social, desarrollando una temática del magisterio de la Iglesia presente desde la "Humanae vitae" (Pablo VI, 1968) hasta la "Evangelium vitae" (Juan Pablo II, 1995). La idea es que es preciso “ampliar el concepto de pobreza y de subdesarrollo a los problemas vinculados con la acogida de la vida”. Entre los pobres, los últimos, los desamparados, los frágiles figuran ahora los embriones, los no nacidos, los enfermos terminales… Sería (y es) una contradicción una sociedad que proclama la dignidad de la persona, la justicia y la paz… y al mismo tiempo –dice la encíclica- tolera “las más variadas formas de menosprecio y violación de la vida humana, sobre todo si es débil y marginada”.
El peligro que está en el horizonte es la desaparición de lo humano por medio de la manipulación no solo de la biología humana y del cuerpo sino de las relaciones fundamentales, como las de padres e hijos. Es un riesgo que la política tiene dificultad para ver, pues vive demasiado en el presente. La mirada de la Iglesia –concluye Roccella- va más allá de la contingencia histórica y recuerda que “la cuestión social se ha convertido en cuestión antropológica”.

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