Benedicto XVI se refirió hoy a la “emergencia educativa” durante el discurso que dirigió a los obispos italianos, reunidos en Roma con motivo de su asamblea general. No hace falta ser profesor en un liceo o en un instituto de enseñanza media para darse cuenta de que la expresión “emergencia” no es exagerada. Es un problema presente un poco en todas partes, con características tal vez diferentes. Ya no se trata solo de educar a cristianos, sino de educar a simples ciudadanos, hombres y mujeres responsables.
“Como he tenido ocasión de repetir varias veces, dice el Papa, [la tarea de la educación] es una exigencia constitutiva y permanente de la vida de la Iglesia, que hoy tiende a asumir rasgos de urgencia e incluso de emergencia”. “En un tiempo en el que es fuerte la fascinación por concepciones relativistas y nihilistas de la vida, y se pone en discusión la legitimidad de la misma educación, la primera contribución que podemos ofrecer es la de testimoniar nuestra fe en la vida y en el hombre, en su razón y en su capacidad de amar”.
Desearía equivocarme, pero temo que estas palabras del discurso tendrán poco eco en los medios de comunicación. Sería una pena, pues son como un concentrado de la carga propositiva del mensaje que Benedicto XVI está proponiendo cada día a un mundo cansino y desorientado. El Papa dice, en definitiva, que la primera aportación de la Iglesia es la humanización de la sociedad, ayudar a formar personas que sepan distinguir la verdad de la falsedad, el bien del mal, y que actúen en consecuencia. ¿Quién ofrece hoy un programa más rentable para el futuro de la sociedad?

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