Han pasado varios días de la conclusión del viaje de Benedicto XVI a Estados Unidos. El comentarios prácticamente unánime ha sido el tono positivo que ha rodeado toda la visita, también en su cobertura informativa. El tema más espinoso -el escándalo de pedofilía de algunos sacerdotes- fue abordado por el propio Papa en varias ocasiones, de modo que las palabras usadas por la prensa para referirse a este triste episodio fueron las usadas por el mismo Pontífice. Si a eso le unimos la emoción suscitada por su encuentro -deseado, pero no anunciado- con un grupo de víctimas, resulta difícil pedir más.
Pero el periodismo vive de contrastes. De ahí que -según un viejo ritual- sea necesario encontrar fórmulas que eviten conclusiones demasiado pacíficas, sin drama. Y entonces es cuando aparecen esas fórmulas que vimos hasta la saciedad con Juan Pablo II. El resumen es: "le aman, pero no le siguen". Más o menos así concluye The Washington Post una de las crónicas finales del viaje. "La visita -escribe- ha convertido a Benedicto en una figura más familiar y menos autoritaria, dicen los expertos, pero el abismo entre los católicos americanos y el Papa es amplio, especialmente sobre temas como las uniones del mismo sexo y los curas casados".
La pregunta es: ¿se refiere -como afirma- a todos los católicos americanos? ¿No sería preferible decir: "el abismo entre algunos católicos y el Papa es amplio"? Sin duda, sería lo correcto, si se consideran también las respuesta de los mismos católicos a la misma prensa. Pero añadir ese matiz, restaría mucha fuerza a la afirmación, que dejaría de ser periodística. Como ocurriría también si entra en disquisiciones sobre si esas personas son en realidad católicas o no. El periodismo ama las tintas fuertes y netas.








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