Hace unos días estuve en Madrid para participar en una tesis doctoral que tuvo por tema precisamente la información periodística sobre la Iglesia, y en concreto sobre la Iglesia en España. Fue un encuentro muy interesante del que salieron a la luz bastantes ideas. Comento sólo una cosa que me llamó la atención.
La autora del trabajo había entrevistado –para completar la investigación- a varios periodistas españoles que se ocupan de religión en los principales medios de comunicación. Por lo general, se trata de gente sensata, profesionales que hacen lo que pueden y que con frecuencia tienen que combatir en dos frentes: con fuentes un poco reluctantes, por un lado, y con los prejuicios ideológicos que encuentran en sus propios jefes de redacción, por otro.
Lo que me sorprendió, sin embargo, fue la concepción que el redactor de una importante cadena radiofónica manifestaba a propósito de su actividad profesional. El objetivo de su trabajo como periodista que se ocupa de religión se podría resumir -con sus mismas palabras- en esta castiza expresión: “dar caña” a la Iglesia. Según manifestaba, es preciso eliminar a la Iglesia del espacio público y recluirla donde debe estar, es decir, en la vida privada de sus feligreses. Su modo de abordar la información era coherente con ese planteamiento.
En el fondo, es lo de siempre: ese periodista, aparentemente desinteresado y libertario, acaba imponiendo a los demás sus propios dogmas. Lo peor es que hace pasar sus prejuicios como si fueran información periodística. Por fortuna, es una actitud poco frecuente, pero cuando ves a uno se te hiela la sangre. Son los “dementores” del periodismo.










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