Toda persona necesita una esperanza que les ayude a afrontar el presente. Benedicto XVI aborda en su segunda encíclica un tema clásico del cristianismo, pero no se limita a repetir, por así decir, la doctrina de siempre, sino que se confronta con las respuestas que la filosofía y la política han dado a la necesidad humana de esperanza. El resultado es un texto culto pero comprensible, que ofrece el mejor remedio para combatir el vacío de sentido que parece caracterizar a una parte del mundo contemporáneo.
He dedicado varias horas a la encíclica “Spe Salvi” (ver aquí un resumen) y he visto que dar cuenta de la riqueza de su contenido es un poco complicado. Supongo que esa dificultad tiene que ver algo con el severo juicio que una crónica de El País dedica al documento. Contrasta dentro de un panorama periodístico abundantemente positivo. Se afirma que la encíclica es integrista porque se opone a que la fe constituya una opción privada; porque “exige” que el cristianismo vuelva a ser militante y se erija en centro de la sociedad, y porque establece que una sociedad estrictamente laica, y en especial si es atea, no es capaz de administrarse a sí misma y conduce a un callejón sin salida.
Esas ideas si bien muy matizadas y contextualizadas, se pueden encontrar en la encíclica. Pero deducir que eso signifique integrismo me parece ya dar un paso arriesgado. En el núcleo de la encíclica está el análisis que el Papa hace de cómo la esperanza cristiana en la salvación eterna fue reemplazada en la época moderna por la fe en el progreso, concretamente en la ciencia y en la política científicamente fundada. Tras constatar el fracaso de esas utopías humanas, el Papa concluye que el hombre no puede ser redimido por una estructura externa, sino por el amor incondicionado de Dios. Reducir todo esto a integrismo me parece un poquito simplón.

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