No se puede decir que haya sido una decisión prematura. El parlamento europeo aprobó el pasado 15 de noviembre –por primera vez en su historia- una resolución en la que condena todos los actos de persecución religiosa contra creyentes, especialmente cristianos, en algunos países de Africa, Asia y Oriente Medio.
La moción defíende el derecho humano a la libertad religiosa y fue aprobada por un amplio consenso entre derechas e izquierdas (si bien, como es habitual, con la sala casi vacía, pero ese es otro tema). Solo hubo dos votos contrarios: los Verdes se opusieron por razones de “inoportunidad política”. Se ve que para ellos la “oportunidad política” [¿habría que decir tal vez, “oportunismo”?] viene antes que la defensa de los derechos humanos.
En el fondo, la denuncia contra la persecución de los cristianos no es muy chic. De ahí que esta noticia haya tenido un eco más bien escaso en la prensa. Una ausencia que contrasta con la acogida clamorosa que se suele reservar a las resoluciones más conformistas y en línea con lo políticamente correcto a las que nos tiene acostumbrados el parlamento europeo. Resoluciones –sin valor vinculante- que se suelen presentar además con los tonos imperativos del “Europa pide...”

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