Esta vez la crítica no llega ni de un cura ni de un obispo. Ian Wilmut, el “papá” de la oveja Dolly, ha dicho que la clonación terapéutica es una pérdida de tiempo. Es decir, la técnica que él mismo ha promovido, no sirve, pues hay vías “cien veces más prometedoras”. Que la clonación terapeutica fuera un fracaso se sabía desde hace tiempo, pero no era políticamente correcto decirlo. “Había” que ser favorables, so pena de ser considerado enemigo de la Ciencia y del Progreso.
La llamada clonación terapéutica consiste en sustiuir el núcleo de un ovocito con el de una célula adulta. El ovocito, por medio de estimulación, comienza a desarrollarse como un embrión, con el mismo ADN del individuo del que procede la célula adulta. En los primeros días de desarrollo, se le extraen las células madre embrionarias, de las cuales será posible recabar líneas celulares que se podrán convertir luego en células de todo tipo de tejidos y ser trasplantadas en el individuo sin problemas de rechazo. Naturalmente, este procedimiento mata al embrión.
Esa es la teoría. En realidad, la clonación terapéutica nunca ha funcionado, salvo en las primeras páginas de algunos periódicos. Diez años despues de Dolly, el resultado positivo de la clonación terapéutica en animales es inferior al dos por ciento. Sigue siendo un fracaso total en los monos. Y en el hombre, no digamos. Afirma Assuntina Moresi en Il Foglio (no link directo; ir al ejemplar del 20 noviembre) que “no existe en el mundo una sola célula madre que proceda de embriones clonados”. Las únicas fueron las que se inventó el coreano Hwang Woo Suk, en el mayor fraude cientifico que se recuerde.
En la decisión del profesor Ian Wilmut ha influido la investigación de un grupo japonés dirigido por el prof. Yamanaka, de la Universidad de Tokio. Esos investigadores han conseguido células madre embrionarias gracias a un proceso de "rejuvenecimiento" de células adultas. Aparte del resultado positivo, este sistema tiene a su favor también que no plantea problemas éticos.


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