Al final de su visita al Vaticano, el rey Abdulá, de Arabia Saudita, regaló a Benedicto XVI una especie de cimitarra de oro con la empuñadura incrustada de piedras preciosas. En esta ocasión, como comenta Ernesto Galli della Loggia en Corriere della Sera (link no disponible), nadie se ha escandalizado: todos los medios occidentales han ofrecido la explicación oficial: la espada, en la cultura de Oriente Medio, es símbolo de la fuerza moral. Nada de instrumento de lucha.
Sin duda será así, dice Galli, pero podemos imaginar las reacciones que se hubieran producido en los medios occidentales si el Papa, en una visita al palacio de Riad, capital de Arabia, hubiera regalado al rey un cuadro de la batalla de Lepanto. Es un comentario irónico, pero no absurdo. Todavía están frescas las reacciones de desdén de numerosos medios occidentales, empezando por The New York Times, ante el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona. Muchos lo vieron como la sepultura del diálogo.
Los datos, sin embargo, parecen desmentirlo. Por ejemplo, el éxito de esta visita: es la primera vez en la historia que un rey de Arabia –líder de una de las corrientes más rígidas del islam- habla con un Papa. Y la reciente carta en la que 138 ulemas -doctores de la ley mahometana- de 43 países subrayan la importancia del diálogo entre cristianos y musulmanes en la onda precisamente de la propuesta de Ratisbona. El camino es largo y complicado, pero va a resultar que aquel denigrado discurso está ayudando a clarificarlo.

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