Veo a través de Sandro Magister el reportaje que The Economist dedicó este verano a la diplomacia vaticana. Junto a los interesantes datos que ofrece, el texto concluye con una pregunta que más bien suena a sugerencia: la Santa Sede debería renunciar a su especial status diplomático y convertirse en lo que en realidad es –según el semanario inglés-, la mayor organización no gubernamental del mundo.
Ya hace unos doce años la asociación "Catholics for a Free Choice" había promovido una campaña contra la presencia de la Santa Sede en la ONU. Estaban todavía recientes las conferencias mundiales sobre la población (El Cairo) y sobre la mujer (Pekín), en las que la diplomacia vaticana jugó un papel activo, que no gustó a las tesis abortistas de "Catholics for a Free Choice" y otros. El planteamiento, en síntesis, es: nada que objetar cuando la Santa Sede trabaja para que se resuelvan o eviten conflictos armados. Pero otra cosa es cuando habla de la vida del no nacido o del anciano, o de la libertad religiosa. En esos casos, hay que reducirla a una simple ONG (eso sí, “la mayor del mundo”).
Escribe Sandro Magister que existe una cierta corriente para expulsar a la Santa Sede, tanto en las burocracias de la ONU como en las de la Unión Europea (en las que la tiene el rango de observador). Pero que cuando se llega a los hechos ocurre lo contrario: en julio de 2004, la asamblea general de la ONU aprobó unánimemente una resolución que no se limitó a confirmar, sino a reforzar la presencia de la Santa Sede en la organización.


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