Reconozco que nunca había oído hablar de ella, pero leyendo el número de junio de la revista 30Giorni la he descubierto: Anonietta Meo era una niña romana que falleció con menos de siete años de edad y en olor de santidad (clicar sobre la foto para ampliarla). Está enterrada en una capilla de la basílica de la Santa Cruz en Jerusalén, de Roma, donde se conservan las reliquias de la pasión de Cristo (las veces que he ido, nunca me había fijado en su tumba). La noticia es que su proceso de beatificación ha recibido un empujón y se espera que pueda ser proclamada beata el próximo año. De este modo, se podría convertir en la beata más joven (no mártir) de la historia de la Iglesia.
Nennolina, como se la llamaba en familia (y como se titula su página web), murió el 3 de julio de 1937. Un año después ya se habían publicado dos biografías, traducidas a varios idiomas. Aunque el proceso de canonización se abrió relativamente pronto, el asunto de la tierna edad creo problemas y retrasos. En 1981, la Congregación para las Causas de los Santos dejó zanjada la cuestión cuando reconoció (en un documento de carácter general) que también los niños pueden cumplir actos heroicos de fe, esperanza y caridad, y por consiguiente pueden ser elevados al honor de los altares.
Desde luego, es desarmante leer sus breves cartas dirigidas a Jesús, escritas en medio de los dolores de la enfermedad: “Querido Jesús, ¡te quiero y te amo tanto! Quiero estar contigo en el Calvario”. “Dame la fuerza necesaria para soportar estos dolores que te ofrezco por los pecadores [...] no quiero que me cures sino almas, almas, dame muchas almas”. Me parece que leyendo episodios como este queda claro para qué “sirve” proclamar santos.


Comentarios