No pensaba escribir sobre esto, pero el hecho es que no pasa una semana sin que la prensa se haga eco de exposiciones, muestras, espectáculos, etc. “transgresivos”. Una transgresión que se reduce, con demasiada frecuencia y en el mejor de los casos, a la tomadura de pelo de las convicciones cristianas. Digo en el mejor de los casos, porque lo que abunda es el mal gusto, y no es preciso poner ejemplos. El ritual ya es conocido: si alguien alza su voz para manifestar que se trata de una ofensa gratuita, se invocará de inmediato la palabra Censura y se apelará a la Libertad de Expresión Artística.
Por lo general, suelen ser obras muy mediocres, que adquieren una cierta (y efímera) notoriedad precisamente por la polémica que las acompaña. El afán de sus autores es dotarse de una aureola de transgresión. Ante ese espectáculo, no puedo evitar que crezca mi admiración por los antiguos transgresores, aquellos que -por lo menos- se jugaban la piel y pagaban de su bolsillo. Ahora, los autores forman parte del sistema, del mainstream, y pueden realizar sus obras gracias a las subvenciones públicas.
Sería fácil subrayar que la “transgresión” no suele estar dirigida hacia los verdaderos “poderes fuertes” (pues en muchos casos son los que pagan) o hacia quienes podrían reaccionar violentamente. En el fondo, es una transgresión burguesa, de salón. Aunque parezca paradójico, esas ofensas muestran que por mucho que se disimule y se diga lo contrario, Jesucristo o la Virgen María no son figuras decorativas que dejan indiferentes. Ante ellos, se puede reaccionar de muchas maneras: una es la rabia.


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