“En un país que una vez puso a Dios fuera de la ley, la religión ha vuelto”, escribe The Washington Post en un largo reportaje dedicado a Albania, el país que se declaró oficialmente ateo en 1967. La periodista, Mary Jordan, relata la situación de la ciudad de Shkoder, de ochenta mil habitantes. Y observa, entre otras cosas, que en la catedral católica -que el régimen comunista convirtió en pabellón de baloncesto-, asisten más de dos mil personas a la misa de diez del domingo.
Pero el texto se refiere también a cómo han desembarcado en el pequeño país adriático (de tres millones y medio de habitantes) muchos misioneros cristianos e imanes musulmanes, todos extranjeros que desconocen la tradicional concordia existente entre los fieles de diversas creencias religiosas.
El sacerdote católico Zef Pllumi, de 83 años (25 de los cuales pasados en prisión), cuenta, por ejemplo, las recientes protestas de algunos musulmanes ante la iniciativa de colocar en la ciudad una estatua de la madre Teresa de Calcuta, de origen albanés. “Un musulmán albanés nunca hubiera pensado en criticar una estatua de madre Teresa”, y recuerda que cuando él mismo salió de la cárcel varios musulmanes se ofrecieron para hacerle de guardaespaldas.


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