The New York Times presenta hoy una crónica casi hagiografíca de Frances Kissling, de 63 años, con motivo del anuncio de su retirada de la dirección “Catholic for a Free Choice”, una organización norteamericana que no es ofensivo definir como lobby pro-aborto. Será sustituida por Jon O’Brien, de 41 años. Entre los datos que ofrece el diario figura que el presupuesto anual del grupo, de tres millones de dólares, “es financiado en su mayor parte por conocidas fundaciones seculares, entre las que se incluye la Ford Fundation”.
“Respaldar el derecho al aborto manteniendo la fe”, dice el título. Pero tras la lectura del texto no es posible descubrir cómo se hace eso. Lo único que se repite es que Kissling ha conseguido compaginar su amor por la Iglesia y la ira (se deduce que más bien odio) contra su doctrina. Pienso que resulta objetivamente difícil conseguir una síntesis de esos dos sentimientos contrapuestos. Pero tal vez no haga falta explicarlo, pues la idea de fondo que transmite la crónica es que es posible ser católico (en el texto se repite 27 veces la expresión “catholic”) y rechazar lo que significa ser católico.
De la vida de Kissling se cuenta que a los 19 años entró en un convento, donde permaneció seis meses. Afirma que en ese tiempo descubrió que no estaba de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia en materia de divorcio y control de la natalidad. En los años setenta dirigió una clínica abortista en Pelham, Nueva York, y en 1982 se convirtió en presidente de “Catholic for a Free Choice”. En 2004 escribió en un artículo que si bien el feto puede no ser una persona, eso no quiere decir que no sea nada: las mujeres saben que hay algo dentro de ellas. A pesar de ser una observación bastante obvia, aquel artículo causó cierta sorpresa.


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