Es una constante, al menos en los países latinos, que cuando no gusta lo que dice el Papa y los obispos a propósito de alguna decisión política que afecta a temas éticos y morales, se les acuse de injerencia. Sin embargo, cuando esas declaraciones gustan se las califica de “sabias palabras”, o algo por el estilo. Otra posibilidad es que los políticos, incluso católicos, muestren su desagrado ante las intervenciones de la jerarquía suspirando por un Papa y una Iglesia que “hablen menos de política y más de Dios”.
Todas esas modalidades se han registrado en la discusión en curso en Italia sobre el proyecto de ley que pretende regular las uniones de hecho (para saber de qué se trata, ver esto que escribí para Aceprensa). En este caso, Sandro Magister llama la atención en su blog sobre lo sorprendente que resulta pedir al Papa que hable de Dios... En realidad, observa Magister, Benedicto XVI no hace otra cosa sino hablar de Dios. Y cita como ejemplo el mensaje del Papa para la Cuaresma 2007, publicado el día anterior a las declaraciones de una ministro (“amo pensar en una Iglesia que se ocupa de las cosas de Dios”).
Magister subraya que el Papa habla con frecuencia de la vida y de la familia. Y que existe una profunda coherencia entre lo que predica sobre Dios y lo que dice de la familia y del hombre. Si se elimina el primer elemento, se hace imposible la comprensión –y la crítica fundada- del segundo. También lo hace en este mensaje de cuaresma, cuando afirma: “contemplar ‘al que traspasaron’ [a Cristo en la cruz] nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida”.


Comentarios