A pesar de ser una persona inteligente, no parece que Hans Küng sea consciente del tono arrogante que da a sus artículos. Se ha pasado una vida criticando el oficio de Pontífice y él mismo, en sus escritos, da la impresión de que no hace otra cosas sino pontificar. Está claro que el teólogo suizo tiene más respeto a Benedicto XVI que a Juan Pablo II. Pero aún así, siempre hay algo de autoreferencial en sus alusiones de aprecio (“Joseph Ratzinger, mi colega de Tubinga...”). Su último artículo, “El Papa aprende una lección”, publicado por varios diarios, entre ellos El País, es una muestra.
Dice que las relaciones entre cristianismo e Islam se deben basar en la autocrítica. Y ahí sitúa la “urgente necesidad de revisión” de la declaración "Dominus Iesus", cuyo contenido sintetiza así: “este documento renueva con frialdad dogmática la arrogante afirmación de la Iglesia católica de que ella es superior a otras iglesias y otras religiones, una pretensión que la mayoría de la gente creía ya abandonada desde el Concilio Vaticano II (1962-1965)”. Para ser la glosa de un teólogo resulta bastante discutible. Propongo otra: ese documento responde a la cuestión de que si todas las religiones son iguales, qué pasa con Jesucristo y su Redención.
Pero el aspecto más negativo para Küng son las relaciones con los ortodoxos: “con todas las lecciones que el Papa ha aprendido en otras áreas, en este frente no ha ocurrido casi nada”. La culpa es de Roma, pues le falta “la voluntad de renunciar, en un espíritu cristiano, a las pretensiones de poder”. “El principal obstáculo para restablecer la antigua unidad de la Iglesia es y sigue siendo la idea de que el Papa tiene poder sobre las Iglesias orientales”. Aunque sorprende que un observador como Küng no vea problemas en el otro lado, aquí la palabra clave es “poder”, que tal vez explique su visión de la Iglesia. Su ideal es un (mitificado) Juan XXIII que “en general, se limitó a ser un dirigente espiritual, capaz de inspirar, mediar y coordinar”.










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