No, no tiene nada que ver con un "remake" de la película sobre Eliot Ness. Me refiero a un episodio que ha ocurrido en Bolonia, pero que se repite un poco en todas partes. Un semanario diocesano critica un festival promovido por el “gay lesbian center” que se desarrollará durante esta semana en esa ciudad italiana. El artículo se pregunta si es lícito “gastar dinero público para financiar espectáculos de pornostar disfrazadas de artistas”. La respuesta es que no y añade que estamos “ante el enésimo intento de hacer pasar por cultura los intereses de una lobby”. Afirma también que “no podemos aceptar una invasión barbárica que ofende a la fe y a la razón de los boloñeses”.
La respuesta del alcalde no se hizo esperar. “Pienso que sólo la censura y la intolerancia corren el riesgo de transportarnos al tiempo de los bárbaros”. Y añade: “pienso que la libre expresión en el arte y en la cultura represente una de las grandes conquistas del hombre en la ética moderna y constituya la riqueza de vivir en un estado laico”. La réplica del arzobispado: “el festival en cuestión se está celebrando... Los concejales de cultura los han libremente ilustrado.. Sus contenidos está disponibles a todo el mundo en Internet. ¿Dónde está la censura? La Iglesia no censura a nadie, pero tampoco acepta ser censurada porque no puede abdicar de su deber-derecho de hablar a favor del bien y de la dignidad de la persona humana... expresando también su parecer sobre cómo se gasta el dinero público”.
Dejo de lado ahora el contenido efectivo del festival. Lo que me llama la atención es el uso de la palabra “intolerante”, lanzada contra quien critica, del mismo modo que hace años se usaba la de “fascista”. Se renuncia a la discusión a cambio de una etiqueta: si no me aplaudes, eres un intolerante. Es un modo sutil de provocar la censura en los demás. También se podría razonar sobre el uso de la expresión “Estado laico”, incluso –como en este caso- para negar una de sus consecuencias: la libre expresión, también del que critica.


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