Según informa Le Figaro (27 de octubre), el posible decreto del Papa sobre la misa tridentina (del que todavía no se sabe nada, pero se supone que ampliará las posibilidades de celebrar con ese rito) está provocando malestar entre los obispos de Francia. Este dato permite completar el cuadro de lo que se decía en el post precedente (a propósito de la fosilización del concepto de tradición que mantienen los seguidores de Lefebvre).
Así pues, habría que mencionar ahora las culpas que los abusos postconciliares tuvieron y tienen (por rechazo) en la difusión de la visión tradicionalista lefebvriana. No es un secreto que un buen número de los obispos franceses (y no solo ellos) que gobernaron durante los años que siguieron al Vaticano II presentaron el concilio como una ruptura con lo anterior. Es la interpretación de la "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura", de la que hablaba –rechazándola- Benedicto XVI en su primer discurso a la Curia Romana. Pensar que con el Vaticano II la Iglesia parte de cero es otro modo de eliminar el concepto católico de tradición.
Los frutos se están recogiendo ahora: si no me equivoco, la asistencia a misa de los católicos franceses ronda el cinco por ciento (aunque no sea esa la única causa). El dinamismo de la Iglesia se ha resentido: según publica La Croix (25 de octubre), en los últimos treinta años, se han creado en la Francia metropolitana tantos lugares de culto musulmán como iglesias en el último siglo: en torno a dos mil (desde luego, tampoco es esa la única causa).
El problema añadido es que estos casi veinte años de cisma han creado en los seguidores de Lefebvre una mentalidad de ghetto. Se les suele asociar con todo lo que significa la derecha pura y dura en el campo político, social y cultural. En realidad, ellos mismos han hecho poco para evitarlo (más bien al contrario). Es probable que parte de los recelos actuales contra la “liberalización” del rito tridentino haya que adjudicárselos también a esa percepción negativa, y no sólo a las cuestiones litúrgicas.


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