La polémica Benedicto XVI-Islam monopolizó el interés de la prensa la semana pasada. Muchos otros temas se pasaron por alto. Entre ellos, un interesante congreso celebrado en Roma sobre el estado de la cuestión en la investigación sobre células madre, un campo altamente especializado que esconde también abundantes tergiversaciones, fruto de intereses ideológicos o económicos. Tan solo encontré referencias en los diarios Avvenire e Il Foglio (links perdidos).
El dato cierto que quedó claro en el congreso es que, actualmente, son más de setenta las aplicaciones terapéuticas descubiertas en la investigación con células madres adultas (que no plantea problemas éticos), mientras que no se ha llegado a ninguna terapia a través de la investigación con células madres embrionarias (cuya utilización implica la destrucción del embrión). Esa realidad desmiente el lugar común de la falsa propaganda (de fuerte carga emotiva) que identifica las objeciones éticas a la investigación con células embrionarias con la “condena a muerte de los pacientes”.
A pesar de la evidencia de los hechos, parece que la investigación con células embrionarias sigue gozando de mayor “popularidad” en la opinión pública, que la rodea de una especie de halo mítico y milagroso. Es un fenómeno que el experto en bioética Richard Doerflinger explicó recordando cómo para iniciar y financiar grandes proyectos se necesitan “historias prodigiosas”. Para aprobar y financiar la investigación con células madre embrionarias, y para superar las objeciones éticas que eso plantea, se presentaron promesas de curaciones milagrosas... Hasta la fecha, sigue siendo una leyenda propagada por científicos, políticos y empresarios, y que ha contado a veces con la colaboración de reconocidas revistas científicas.
Pero en el congreso se recordó que aunque se consiguieran resultados (que no están en el horizonte), sería a costa de suprimir vidas inocentes. Lo recordó el Papa en el discurso que dirigió a los participantes: "frente a la supresión directa del ser humano no puede haber ni compromisos ni tergiversaciones; no se puede pensar que una sociedad pueda combatir eficazmente el crimen, cuando ella misma legaliza el delito en el ámbito de la vida naciente”.


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