No sé cuánto durará esta polémica ni soy capaz de aventurar cuáles serán sus consecuencias. Siguiendo el post anterior, añado alguna observación a la vista de lo que se está publicando. Así, me parece mucho más equilibrado El País que The New York Times al comentar las reacciones musulmanas a las palabras de Benedicto XVI sobre el Islam. Para el periódico de Madrid (“Peligroso malentendido”), se trata de un error político, de cálculo; el editorial no enjuicia si lo que ha dicho es verdad o no... Para el diario de Nueva York (“The Pope’s Words”), el Papa “ha insultado a los musulmanes” y “no es la primera vez que el Papa ha fomentado la discordia entre cristianos y musulmanes” (se refiere a la opinión del entonces cardenal Ratzinger de que Turquía no debería unirse a la Unión Europea por razones culturales e históricas).
Se acusa al Papa de prejuicios anti-islámicos por haber citado las palabras de un emperador del año 1391 a propósito de que las enseñanzas de Mahoma de difundir la fe por medio de la violencia son algo irracional. Una cita -incrustada en un complejo discurso académico sobre las relaciones entre fe y razón- que debería encontrar a todos de acuerdo. De hecho, el Papa ha citado una sura del Corán que defiende la libertad de conciencia y no ha mencionado otros pasajes del libro que alientan la guerra santa. Según un experto en Islam, el jesuita egipcio Samir Khalil Samir, profesor de historia y cultura árabe en Beirut, el diálogo no se construye ocultando la verdad: “es preciso reconocer que en el Corán hay una apertura a la tolerancia, pero también una instigación a la violencia. Es preciso reconocer que el terrorismo no nace solo por motivos sociopolíticos, sino también de la interpretación de pasajes innegablemente violentos del texto coránico. La solución es la que sugiere el Papa: el uso de la razón” (ver entrevista completa en il Giornale).
Comprendo que las masas multitudes (si es cierto que sean tales) que salen a la calle en Turquía o Pakistán no hayan leído ni leerán las palabras del Papa. Pero de los editorialistas del diario más influyente del mundo era de esperar un análisis más inteligente. La única explicación que se me ocurre para justificar su simpleza es el afán del NYT por situarse por encima de todos y de todo, y ganar credibilidad mostrando así (según ese modo de razonar) que su actitud pro-judía no es anti-musulmana.


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