Ahora que la tormenta (parece) que ha pasado, se puede reflexionar con más calma sobre si en la polémica surgida por la referencia del Papa al Islam, en su discurso en la Universidad de Ratisbona, hubo o no un “error de relaciones públicas”, como algunos sugieren (con más o menos matices). De lo que se trata aquí es de reflexionar sobre Iglesia y comunicación, que es el tema de fondo de este blog.
Más que de relaciones públicas, es preferible hablar en sentido más amplio de comunicación institucional, que incluye los modos y medios a través de los cuales una institución presenta su propia identidad ante determinados públicos, entre los que se incluyen los medios de comunicación. Su objetivo no es “quedar bien” a toda costa sino conseguir que se transparente lo que uno verdaderamente es (en este sentido, la polémica no es -por definición- negativa). Para conseguirlo, es necesario tener en cuenta las características, condicionamientos, virtudes, defectos, mecanismos, prejuicios, tics, etc. del entorno específico en el que se ejerce (en este caso, de los medios de comunicación). De lo contrario, se corre el riesgo de que el mensaje que se quiere transmitir llegue alterado a causa de “efectos colaterales” e incluso de “fuego amigo”.
Desde una perspectiva formal, pienso que al discurso del Papa hubiera bastado añadir que la famosa cita del diálogo entre Manuel II Paleólogo y el erudito persa “no refleja su pensamiento” para evitar polémicas artificales. En realidad, ese distanciamiento del Papa se observa en el propio texto, cuando dice que Paleólogo formula la pregunta “de manera sorprendentemente brusca”: pero entiendo que es un matiz que capta la audiencia académica ante la que estaba hablando, pero no los titulares de los periódicos (ni la "maquinaria" periodística, con sus condicionamientos, mecanismos, prejuicios, tics...).
Dicho esto, un sano realismo impone no caer en la ingenuidad de pensar que todas las polémicas se habrían evitado añadiendo esas precisaciones. Leyendo muchas de las críticas dirigidas al Papa en estos días se llega a la conclusión de que, en efecto, sus palabras han sido tan solo un pretexto, y no me refiero sólo al radicalismo musulmán sino a nuestra prensa occidental (botón de muestra). A pesar de todo, cabe señalar un efecto inesperado: el discurso de Ratisbona se está convirtiendo -gracias a la red- en el texto más leído de Benedicto XVI.


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