El filósofo René Girard observaba hace unas semanas (La Repubblica, 31 de marzo) que el pontificado de Juan Pablo II se desarrolló en una época de profunda crisis y que el Papa entendió desde el primer momento que hacía falta saltar al ruedo, llegar a las multitudes: “había entendido la dinámica de la modernidad”.
Esta cualidad de Juan Pablo II ha sido en ocasiones extrapolada, de modo que a veces se acaba reduciendo su figura a la de “Papa mediático”, como si durante su pontificado se hubiera limitado a “aparecer”. Este es uno de los puntos que más se subrayan para marcar las diferencias con Benedicto XVI. El filósofo Giovanni Reale concuerda en que existen esas diferencias, pero puntualiza que “se refieren a la forma, no a la sustancia”. Juan Pablo II “tenía un enorme talento de comunicador, Benedicto XVI es más un pensador, pero las cosas que dicen son las mismas”.
Si a Juan Pablo II se corre el riesgo de reducirlo a ”Papa mediático”, de Benedicto XVI se está empezando a decir que el Papado “le ha cambiado”. Era tal el peso del estereotipo periodístico construido en torno al cardenal Ratzinger que cuando se ha visto que -como Papa- no ha actuado tal como cabía esperar según ese cliché, la conclusión no ha sido admitir el error de valoración inicial, sino afirmar que quien ha cambiado es él.


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