Los artículos de opinión, y de modo especial los editoriales, muestran las perspectiva desde la que un periódico selecciona, trata y enfoca las noticias de actualidad. Son géneros “honrados”, en el sentido de que las cosas se dicen claramente y no con la sutil retórica, aparentemente aséptica, presente en muchos textos informativos.
Por esta razón resulta significativo el editorial que El País (10 de diciembre; clicar el gráfico para ampliarlo) dedicó al concilio Vaticano II. Es una historia en la que los "malos" son los conservadores (Juan Pablo II, Benedicto XVI y “la Curia”) y los "buenos" los progresistas (Juan XXIII, “jóvenes teólogos progresistas”).
Sin el concilio, “la Iglesia de Roma sería hoy peor”, lo que sugiere que ya es mala. Ratzinger, hoy Benedicto XVI, “mantuvo enseguida posturas abiertamente contrarias a muchas de las proposiciones aprobadas” (no se menciona cuáles). Y “sus actitudes van en una dirección bien diferente a lo que fue el espíritu conciliar”. Por estas razones, “la Iglesia vuelve a estar en crisis y alejada de los verdaderos problemas de la sociedad moderna”.
No quisiera ser irreverente, pero de la lectura del editorial se deduce que el depositario del mítico espíritu del concilio es el redactor del editorial, que en un tono legítimo, pero pontifical, distribuye los papeles de una película que tiene el sabor rancio de los años setenta.

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