Umberto Eco suele decir a veces cosas serias con tono ligero y humorístico. Repesco ahora un artículo que publicó hace unas semanas en The Daily Telegraph, a propósito de la Navidad. Reflexiona el semiólogo italiano sobre lo difícil que es ir por la vida sin la esperanza que procede de la religión.
El gran problema es aceptar el hecho de que cada uno de nosotros morirá. Eso no lo resuelve el dinero. Ni tampoco las ideologías, como el comunismo, que han fracasado de modo espectacular en su promesa de suplantar a la religión. Hoy, añade Eco, se supone que vivimos en una época de escepticismo, pero en realidad vivimos en una época marcada por la hipercredulidad, como ya adelantó Chesterton. La “muerte de Dios” se ha visto acompañada del nacimiento de una miríada de nuevos ídolos. Una muestra es el éxito de “El Código Da Vinci”: hay gente que se lo cree.
Para muchos, las religiones existentes –especialmente la cristiana- no son suficientemente “grandes”. Por eso se dirigen hacia lo “oculto”, que tiene la ventaja de que permite a cada uno “rellenar” el contenido con sus propios temores y esperanzas... Mi rechazo hacia lo “oculto” –afirma Eco- no se debe solo a la vinculación de esos cultos con el fascismo y nazismo, sino a que van contra la misma razón.
“Fui criado como católico y, a pesar de que abandoné la Iglesia, este diciembre, como siempre, instalaré el belén para mi nieto. Lo construiremos juntos, como mi padre hizo conmigo cuando yo era un niño. Tengo un profundo respeto por las tradiciones cristianas, las cuales –como rituales para hacer frente a la muerte- tienen más sentido que sus alternativas puramente comerciales”.
¿Qué sentido tendría -concluye Eco, haciendo suyas las palabras de un héroe de Joyce- abandonar una absurdidad que es lógica y coherente, para abrazar otra absurdidad que es ilógica e incoherente?


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