El cineasta Philip Gröning ha tardado 15 años en convencer a los cartujos para que le dejaran hacer un documental sobre sus vidas. Al final lo consiguió, aunque le impusieron dos condiciones: no usar luz artificial y no añadir ni música ni comentarios. Dos exigencias, por otra parte, muy modernas y que hubieran entusiasmado al movimiento "Dogma".
El resultado ha sido Into Great Silence ("Die große Stille"), un documental de tres horas con una banda sonora integradas por carraspeos, ruidos y alguna frase. "Lo que algunos críticos temían que podría resultar el film más aburrido del año, ha resultado ser una meditación fascinante", comenta Kate Connolly en The Daily Telegraph.
(La fotografía que ilustra el post es del extraordinario José Ortiz-Echagüe)

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